Por Claudio Valerio – Un prisionero, a la espera de su pronta liberación, pasaba su tiempo en la cárcel leyendo la biblia, y ayudando a otros a entender sus textos, como también a hacer tareas solidarias. Ya cumplido su tiempo encarcelado, no más sus días llenados sólo de la rutina; más bien se le abrían una gama de oportunidades… Es cuandoe el hombre tiene que decidirse ya qué va a hacer con su vida. ¿Volver al vicio que causó su encarcelamiento en el primer lugar? ¿va a quedarse con su familia trabajando como todos y disfrutándose en cuanto pueda? O, tal vez, ¿va a dedicarse al Señor con rezos y servicio a los demás?
En el caso de toda la humanidad se nos presenta una situación semejante; queda como si fuera encarcelada por siglos. Lo bueno debe prevalecer sobre el mal; el engaño tiene que inclinarse ante la justicia; la indiferencia y desapego debe dar paso al respeto para el otro… El amor a Dios y la preocupación por todos es un método efectivo para combatir a los malvados.
Deseamos más cosas, placeres, y experiencias que no son ni necesarias ni siquiera provechosas. No consideramos lo suficiente a Dios, y mucho menos a los demás. Es por esto que necesitamos un encuentro con Jesús y arrepentirnos de nuestros malos modos de actuar y proceder.
Nuestra acción no solo debe centrarse en la reorganización de nuestras prioridades viejas, sino también la aceptación de una esperanza nueva. Creamos en el evangelio, porque es seguro que no vamos a quedar desconsolados; más bien tendremos su apoyo hasta el fin de nuetras cuentas. En verdad no sabemos exactamente ni cómo ni cuándo va a ser el final de nuestra vida terrenal, lo que sí podemos asegurar es que ella nos lleva por las dificultades y seducciones del mundo, a una vida recta.
Se puede ver que llevar una vida recta es un compromiso profundo. Su elección comprende un camino más empinado y, por eso, más directo al Señor para aquellos que puedan treparlo. Aunque nos parece muy duro, no por eso debemos desalentarnos a seguirlo. Jesús nos llama a todos a dominar los deseos excesivos del yo… Tenemos que dominar el yo para servir a Dios.






