El Mundial 2026 tiene un récord que nadie esperaba: ocho jugadores de más de 40 años, más que en todas las ediciones anteriores juntas. Lo que está pasando con Messi, Ronaldo y Modric no es una rareza deportiva. Es el laboratorio más visible de cómo está cambiando, para todos nosotros, la manera de envejecer.

Hace dos noches, después de convertir un triplete contra Argelia en su sexto Mundial —el mismo número de mundiales que nadie había jugado antes—, le contaron a Lionel Messi que acababa de convertirse en el jugador más veterano en anotar un hat-trick en la historia de la Copa del Mundo. Se rió. “No lo sé”, dijo. “Son solo estadísticas”. Después le preguntaron si lo iban a ver en el Mundial de 2030. Se rió más todavía. “No, no, eso sí que no”, contestó, con una sonrisa que no dejaba demasiado lugar a la duda.
Y después, casi de pasada, contó algo más revelador que cualquier récord: que está viendo una serie sobre Rafael Nadal y que se siente identificado con él. No por el cuerpo. No por la edad. “En el sentido de darlo todo y disfrutar lo que hacés”, dijo.
No habló de velocidad. No habló de músculos. Habló de algo mucho más parecido a una actitud frente a la vida que a una proeza física.
El récord que cambia la pregunta
Este Mundial tiene una anomalía histórica. Ocho jugadores superan los 40 años —más que en las veintidós ediciones anteriores combinadas—. Cristiano Ronaldo llegó con 41, jugando su sexta Copa del Mundo. Luka Modric, con 40, liderando a Croacia por quinta vez. Guillermo Ochoa, también con 40, en su sexta participación consecutiva. Edin Dzeko, Manuel Neuer, Vozinha, Fernando Muslera. Y Messi, que cumple 39 en plena competencia.
La pregunta obvia sería: ¿por qué los deportistas duran más ahora? Pero hay una pregunta mucho más interesante escondida detrás. ¿Estamos viendo deportistas más viejos, o estamos viendo una manera completamente nueva de envejecer?
Porque lo verdaderamente novedoso no es que Cristiano Ronaldo siga jugando a los 41. Lo novedoso es que dejó de ser una excepción.
No vencieron al tiempo: negociaron con él
Durante gran parte del siglo XX el envejecimiento deportivo era abrupto. Un futbolista llegaba a los 32 o 33 y empezaba la cuenta regresiva. Hoy los atletas siguen envejeciendo exactamente igual. Siguen perdiendo velocidad. Siguen perdiendo explosión muscular. Eso no cambió y no va a cambiar.
Lo que cambió es que aprendieron a administrar esas pérdidas en lugar de negarlas.
El Messi de Barcelona era una máquina de aceleraciones: encaraba, desbordaba, dejaba rivales en el camino a pura velocidad. El Messi de este Mundial corre menos metros, hace menos piques, pero ve el partido un segundo antes que todos los demás. Ya no gana por potencia. Gana por lectura.
Cristiano Ronaldo hizo una transformación todavía más evidente: pasó de ser el extremo que desbordaba por la banda a los veinte años a convertirse en el delantero de área que optimiza cada movimiento a los cuarenta y uno. No es el mismo jugador. Es otro jugador, diseñado a propósito para seguir siendo útil con el cuerpo que tiene ahora, no con el que tenía antes.
No están venciendo al envejecimiento. Están negociando con él.
Lo que la gerontología viene diciendo hace años
Durante décadas pensamos que envejecer era, sencillamente, acumular pérdidas. La ciencia del envejecimiento viene mostrando algo más complejo, y el deporte de élite lo está demostrando en cámara lenta frente a millones de personas.
Se pierde velocidad, pero puede aumentar la capacidad estratégica. Se pierde potencia, pero puede aumentar la precisión. Se pierde capacidad anaeróbica, pero puede aumentar la eficiencia del movimiento. Los estudios sobre rendimiento físico en el fútbol de élite muestran exactamente eso: las acciones explosivas empiezan a caer con claridad después de los 30 años, pero la resistencia y la inteligencia táctica se mantienen mucho más estables.
Los mejores veteranos no siguen haciendo lo mismo que hacían a los veinte. Hacen otra cosa. Y eso, salvando las distancias evidentes entre una cancha de fútbol y una oficina o una cocina, es exactamente lo que les pasa a las personas comunes después de los sesenta cuando deciden no rendirse al relato de la decadencia.
La revolución no fue en el gimnasio: fue en la recuperación
Hace veinte años el entrenamiento era la variable que explicaba todo. Hoy el centro de gravedad se movió: lo que explica que un cuerpo de cuarenta años siga compitiendo contra cuerpos de veinte no es cuánto estímulo recibe, sino cuánto logra recuperarse entre estímulo y estímulo.
Sueño. Nutrición. Control de cargas. Prevención de lesiones. Monitoreo fisiológico permanente. Los equipos de élite tienen hoy especialistas dedicados exclusivamente a vigilar cuántas horas duerme cada jugador, porque la evidencia muestra que los atletas de alto rendimiento necesitan entre ocho y diez horas de sueño para sostener la adaptación muscular, la recuperación neurológica y el rendimiento cognitivo.
Antes el héroe era el que jugaba lesionado, apretando los dientes, jugándose el cuerpo entero por una final. Ahora el héroe es el que llega sano a los cuarenta.
Y esto tiene un puente directo con la conversación sobre longevidad que venimos teniendo en esta columna desde hace meses, porque la medicina del envejecimiento está llegando exactamente a la misma conclusión: no envejecemos solamente por desgaste. También envejecemos por mala recuperación.
Los superagers del deporte
Hay una conexión casi demasiado perfecta entre esta columna y la que escribimos hace poco sobre los superagers —esas personas de más de ochenta años que conservan una memoria comparable a la de alguien de cincuenta—. En ambos casos la pregunta de fondo es idéntica: ¿por qué algunas personas parecen deteriorarse mucho más lentamente que el resto?
Los atletas masters —deportistas que compiten activamente después de los cuarenta, los sesenta, los ochenta años— se convirtieron en uno de los grandes laboratorios para estudiar el envejecimiento saludable. La literatura científica los define directamente así: modelos de envejecimiento exitoso. Y lo interesante es que los beneficios que encuentran no son solamente musculares. Hablan de funcionamiento cognitivo. De bienestar psicológico. De integración social. De propósito. De identidad.
No son cuerpos extraordinarios que escaparon a alguna ley biológica. Son personas que mantuvieron activos, durante mucho tiempo, los sistemas que en el resto de nosotros suelen apagarse antes de tiempo.
Los récords más fascinantes no son los de Messi
Porque Messi y Ronaldo tienen médicos de selección, nutricionistas personales y millones de dólares invertidos en que sus cuerpos sigan funcionando. Hay historias mucho más sorprendentes que no tienen nada de eso.
Juan López García fue mecánico de autos en Toledo toda su vida laboral. Nunca entrenó como atleta. Nunca hizo deporte en serio. A los 66 años, recién jubilado, intentó correr una milla por primera vez en su vida y no pudo terminarla. Dieciséis años después, a los 82, tiene el récord mundial de ultramaratón de 50 kilómetros para su categoría de edad y el VO2 máximo más alto jamás registrado en un octogenario —comparable al de alguien que tiene un cuarto de su edad—. Un grupo de científicos europeos lo llevó a su laboratorio para entender qué le pasaba. Publicaron los resultados este año en Frontiers in Physiology.
Emma Maria Mazzenga tiene 92 años y vive en Padua. Empezó a correr a los 19, cuando estudiaba Ciencias Biológicas en la universidad. Tuvo que dejarlo por completo durante veinticinco años para cuidar a su madre enferma. Volvió a competir pasados los 50 y no se detuvo nunca más. A los 79 se dislocó un hombro lanzándose sobre la línea de llegada para ganarle a una rival que la estaba a punto de superar. Hoy tiene cuatro récords mundiales. Cuando los investigadores de la Universidad de Pavía analizaron sus fibras musculares encontraron algo que ninguno esperaba del todo: las fibras de contracción lenta, las de la resistencia, eran como las de una persona de veinte años. Las de contracción rápida sí mostraban el paso del tiempo. Su cuerpo había envejecido, exactamente como se esperaba. Pero ni de lejos tanto como el de una persona promedio.
Lo más interesante no es el récord. Es que los dos empezaron tarde, o volvieron a empezar tarde, después de que la vida los hubiera alejado del todo del deporte. Eso desafía algo que tenemos profundamente instalado: la idea de que las oportunidades físicas tienen fecha de vencimiento.
Mientras discutimos si Messi va a llegar al próximo Mundial, hay personas de 80 y 90 años entrenando para la próxima competencia. Y a casi nadie se le ocurre escribir sobre ellas.
Lo que cambió no son los deportistas: cambió la idea de edad
Los deportistas funcionan como adelantados culturales. Llegan antes que el resto a un lugar al que después, tarde o temprano, llega toda la sociedad. Pasó con el trabajo remoto. Pasó con la fertilidad tardía. Pasó con las familias ensambladas.
Hace cuarenta años, un futbolista de 40 jugando un Mundial era una rareza que se contaba como curiosidad de color. Hoy hay ocho en el mismo torneo. Hace cuarenta años, una mujer de 90 corriendo competitivamente habría sido material para una nota sobre excentricidades. Hoy es una línea de investigación científica con nombre propio y financiamiento internacional.
Por eso quizás la noticia de este Mundial no sea Messi. Ni Ronaldo. Ni Modric.
La noticia es que estamos viendo nacer una categoría humana que no existía antes: personas que llegan a edades que durante todo el siglo pasado asociábamos automáticamente con el retiro o la fragilidad, y que en cambio siguen acumulando proyectos, entrenamiento, competencias y objetivos que todavía no se cumplieron.
Durante siglos pensamos que la edad era un reloj: algo que solamente avanzaba, que solamente restaba, que no se podía negociar. Ahora empezamos a descubrir que también es una habilidad. Una que se entrena. Una que algunos, como un mecánico jubilado de Toledo o una bioquímica de Padua, aprenden a dominar mucho después de que todos los demás hayan dada por terminada la partida.
Messi se identificó con Nadal por la resiliencia, no por el cuerpo. Tal vez ahí estaba, sin que él lo planeara, la frase que mejor explica todo esto: lo que envejece bien no es solamente el músculo. Es la cabeza que decide seguir jugando.
Gabriela Cerruti es escritora y periodista especializada en nueva longevidad. Autora de La Revolución de las Viejas.
Por Gabriela Cerruti (Infobae)











