Por Daniel Armando Vogel – Hola, buen día. Buen domingo para todos. Hay momentos en la historia de un pueblo en los que aparecen ejemplos capaces de trascender el ámbito en el que nacieron. Ocurre en la ciencia, ocurre en la cultura, ocurre en la política cuando logra estar a la altura de las circunstancias y, de vez en cuando, también ocurre en el deporte. No porque una pelota pueda cambiar la realidad de un país, sino porque detrás de esa pelota aparecen personas que terminan enseñando mucho más que una manera de jugar.

Mientras los argentinos discutimos la calidad de nuestros dirigentes y la forma en que se conducen las instituciones, apareció un grupo de muchachos dispuesto a recordarnos que el liderazgo nunca comienza dando órdenes, sino despertando confianza; que el verdadero conductor no es el que más habla, sino el que consigue que los demás crean en un proyecto común; y que las grandes victorias empiezan mucho antes de levantar una copa.

Hace algunos días, durante una mañana de radio, casi sin darme cuenta, empecé a llamarlos “Los Lioneles”. Lo dije espontáneamente, como nacen tantas expresiones populares que nadie planifica y que, de pronto, comienzan a repetirse. Los oyentes empezaron a hacerlo suyo y recién entonces comprendí que no estaba hablando únicamente de Lionel Messi y de Lionel Scaloni. En realidad, estaba intentando ponerle nombre a una forma de conducir, a una manera de entender el éxito y, sobre todo, a un grupo humano que consiguió algo mucho más difícil que ganar campeonatos: devolverles a millones de argentinos el orgullo por la manera en que se hacen las cosas.

Naturalmente deseo que vuelva a ser la Argentina la que levante la Copa del Mundo. Quiero volver a abrazarme con desconocidos, escuchar otra vez el himno cantado con el alma y ver a Lionel Messi sosteniendo el trofeo que ya levantó en Qatar. Pero mientras escribo estas líneas tengo la sensación de que el resultado, siendo inmensamente importante, ya no alcanza para explicar la dimensión de este fenómeno. Porque los campeonatos ocupan apenas un capítulo de los libros de historia. Los ejemplos, en cambio, sobreviven a las estadísticas y terminan influyendo en generaciones enteras.

Durante décadas buscamos un nuevo Maradona. Esperamos otro héroe capaz de resolver todo por sí solo. Esta Selección vino a romper con esa idea. Claro que Messi es extraordinario y probablemente el mejor que haya visto este deporte, pero su mayor legado no será una gambeta ni un gol imposible. La enseñanza más profunda de Messi consiste en haber demostrado que la verdadera grandeza aparece cuando el talento deja de estar al servicio del propio brillo para ponerse al servicio de los demás.

Con Scaloni ocurrió algo parecido. Cuando asumió, pocos imaginaban que aquel joven entrenador terminaría conduciendo uno de los ciclos más extraordinarios de la historia del fútbol argentino. Su mayor virtud no estuvo en una decisión táctica, sino en construir un grupo donde el respeto reemplazó al ego, donde el mérito individual jamás estuvo por encima del objetivo colectivo y donde cada futbolista comprendió que su principal responsabilidad era hacer mejor al compañero que tenía al lado.

Eso, que parece tan sencillo, constituye uno de los desafíos más difíciles para cualquier persona que tenga la responsabilidad de conducir. Y es allí donde esta historia deja de pertenecer exclusivamente al fútbol para transformarse en una lección de vida. Las empresas buscan equipos de alto rendimiento, las universidades enseñan teorías sobre liderazgo, los gobiernos hablan de consensos y las familias intentan transmitir valores de convivencia. Ellos no escribieron un manual sobre ninguna de esas cuestiones. Simplemente vivieron de esa manera.

Aprendieron a celebrar el éxito sin soberbia, a aceptar las derrotas sin buscar culpables, a entender que el protagonismo individual pierde sentido cuando pone en riesgo el objetivo común y a demostrar que la humildad no es un gesto de ocasión sino una forma permanente de relacionarse con los demás.

Quizá por eso millones de personas terminaron sintiendo admiración por esta Selección aun cuando no compartieran nuestra bandera. Porque el talento despierta aplausos, pero los valores generan respeto. Y el respeto, cuando nace de la coherencia, tiene una capacidad extraordinaria para atravesar fronteras, idiomas e ideologías.

Fue entonces cuando entendí por qué aquella expresión nacida casi de casualidad había encontrado tanta aceptación. Los Lioneles ya no eran solamente Messi y Scaloni. Eran también el arquero que esperaba su oportunidad, el delantero que ingresaba apenas unos minutos, el utilero, el médico, el analista de video y cada persona que comprendió que el éxito colectivo siempre vale más que cualquier reconocimiento individual.

Dentro de algunos años los libros hablarán de los récords, de las Copas América, de la Finalissima, del Mundial y de las estadísticas que maravillaron al planeta. Todo eso quedará escrito. Sin embargo, sospecho que quienes tuvimos el privilegio de vivir este tiempo recordaremos otra cosa: que mientras la Argentina discutía casi todo, hubo un grupo de compatriotas que eligió no discutir entre ellos; que mientras afuera muchas veces parecíamos dividirnos, ellos encontraron la manera de unirse detrás de un objetivo común; y que mientras el individualismo parecía convertirse en costumbre, ellos demostraron que el “nosotros” seguía siendo infinitamente más poderoso que el “yo”.

Por eso creo que el verdadero legado de esta Selección no dependerá de lo que ocurra dentro de unas horas. Si llega otra Copa del Mundo, la alegría será inmensa y el orgullo quedará consagrado. Pero si el destino decidiera otro desenlace, nada cambiará la enseñanza que este grupo ya dejó sembrada. Porque las copas distinguen a los campeones, mientras que los ejemplos terminan construyendo generaciones enteras.

Hoy, desde las 16.00 en Nueva York, volverán Los Scalonis a intentar cumplirnos otro sueño grande: el bicampeonato que, si se da, nos movilizará al Parque Urbano para celebrar en familia y como buenos “Lioneles Zarateños”, haciendo honor a los originales, en armonía, felices y en paz. Que los Messi y los Scaloni, sin importar el número de camiseta ni el apellido, desde la cancha o el banco, nos regalen otra alegría inmensa, más allá de la que ya dejaron para siempre en nuestros corazones. Estos Lioneles de Oro son eternos para todas las generaciones de argentinos que aman el fútbol, los grupos y los laureles que supieron conseguir. FELIZ DÍA DEL AMIGO.

Que tengamos una bendecida semana.

AL QUE LE QUEPA EL SAYO…