Por Claudio Valerio – La vida, a veces, es tan dura como una banca de cemento. Como en las empresas, el hombre tiene que trabajar todo el día para poca recompensa. La noche no trae el alivio sino más dolores. Además, no dura mucho la vida, por lo que no se puede aguardar los días de júbilo. Y, cuando lleguen, se siente tan desgastado que la muerte parezca cerca… Esto es el lamento de un hombre doliente. Muchos enfermos conocen el sentimiento. Para aquellos con enfermedades graves la vida se vuelve en una cámara de tortura. Quieren morirse, y les llama la atención el suicidio asistido. Les parece sólo razonable que el desahuciado tenga el derecho pare poner un fin a su sufrimiento. Preguntan: “¿De quién es la vida?”
Sin duda respondería: “Dios, mi Padre, el Creador”.
Cada persona pertenece a diversos grupos que llevan reclamos sobre él o ella. Somos miembros de una familia a quien debemos el amor. Somos trabajadores de una empresa que exige nuestro servicio. Somos ciudadanos de una nación que nos reclama los impuestos.
Pero la cuestión no es sólo lo que podrían hacer los enfermos sino también lo que podríamos hacer nosotros para ayudarles. Hace algunos años una pareja llevó su perro a los asilos de ancianos para que los residentes lo toquen. Evidentemente tocando a un animal manso es fuente de un consuelo enorme para los encerrados. Ciertamente nosotros podremos hacer algo semejante, aunque no sea más que saludar a los residentes con una sonrisa.
¿Qué debemos al otro en la sociedad?
¿Qué es el mínimo que le debemos como conciudadanos? ¿No es que no le hagamos mal? El valor de cada uno se multiplica cuando se dá amor para defender la dignidad de todos los que nos precedieron.






