
Por Daniel Armando Vogel – Buen día amigos, buen domingo, hoy un poco más fresco, después de tanta agua durante toda la semana. Un domingo que nos retrotrae al anterior, que estaba lleno de calor intenso, el de un verano full full, dirían los chicos. Y éste primer día de la última semana de enero, nos da un verdadero respiro y un alivio, aunque la humedad sigue al acecho.
Ya estamos promediando la segunda quincena del primer mes 2022, entrando en la última de enero.
Todo hace suponer qué, las circunstancias políticas y económicas de nuestro país, se endurecerán en el mes que sigue, y en el otro, y en el otro también con respecto al Fondo Monetario Internacional y la negociación por la deuda externa que ya hace más de 2 años venimos llevando desde el Estado argentino, sin acuerdo hasta ahora en una negociación que de no concretarse lacerará nuestra calidad de vida si esto ocurre, aunque se pregone otro discurso.
Los tiempos próximos e inmediatos para el país, obviamente para quienes creemos en él y estamos dentro, no serán buenos. Pero, dejando esto de lado, ya que no vamos a ocuparnos de hablar de política ni de economía en el día de hoy, y tampoco tenemos en esta semana la encuesta que nos ayuda a pensar y hacer un análisis sobre lo que semanalmente ocurre, vamos con otro tema.
Entonces, quiero compartir con ustedes una reflexión que esta semana me ha llegado, que conocía, pero qué, circunstancias personales y familiares vividas en estos días, me han hecho refrescar la memoria y las quiero compartir con todos aquellos que se puedan sentir identificados con una situación similar.
Por estos días todos pensamos en los niños; en la vacunación de los niños, en la vuelta a clase de nuestros niños y lo que ellos tuvieron que padecer en la pandemia, en el encierro y en el aislamiento.
Amigos, pero también están ellos: nuestros abuelos nuestros mayores. Sean nuestros padres -como en mi caso mi madre- o abuelos, tíos o conocidos simplemente que ya transitan, en el marco de un mundo que cambió totalmente hace menos de 2 años, la realidad social de nuestro país y de todas las vidas del planeta.
Les comparto la reflexión ojalá les sirva a todos; inclusive a los jóvenes que todavía no tienen el cuidado de las personas mayores y que tal vez “la vejez les queda muy lejos”.
Se trata de un mensaje de una abuelita muy viejita y que dice:
AÚN PUEDO HIJO…
- Llévame a la calle, hijo, que aún tengo buenas piernas; a caminar sin rumbo fijo contigo no me sentiré vieja.
- Invítame a tu casa, hijo, el Domingo en la mañana; a compartir tu buena mesa y sentirme acompañada.
- Háblame con cariño, hijo, no me retes ni te alteres; los viejos somos como niños nos gusta que nos mimen, nos sonrían sin desaire.
- Festeja mis ocurrencias, no critiques mis locuras; trataré de ser valiente, aunque surjan amarguras.
- No me alejes de tu lado, no me hables con regaño; tengo aún mi mente clara, los recuerdos son de antaño.
- Ven a verme cada tanto, que yo no te pediré nada; solamente tu presencia para contemplar tu cara.
- No me dejes triste y sola, no me metas a la cama; los doctores se equivocan, el dolor está en el alma…
Queridos amigos lectores, así nos despedimos este domingo esperando encontrarlos Dios mediante en el próximo, donde ya estaremos a las puertas mismas de lo que será el segundo mes del 2022.
Que tengan todos, un excelente día. Ustedes y sus seres queridos sean estos pequeños o grandecitos…
AL QUE LE QUEPA EL SAYO…





