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sábado, abril 11, 2026
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Cultivar sin tierra: la UNLaM y el INTA trabajan en el desarrollo de un sistema hidropónico doméstico basado en tecnología antártica

El proyecto, financiado con una beca del CIN y la Unión Europea, busca adaptar una tecnología hidropónica desarrollada en condiciones extremas para mejorar el acceso a alimentos, optimizar el uso del agua y reducir riesgos productivos en entornos urbanos.

En un escenario atravesado por el cambio climático, la presión sobre los sistemas productivos y las dificultades de acceso a alimentos frescos, un desarrollo científico argentino busca dar un paso más: llevar a los hogares una tecnología que ya demostró su funcionamiento en uno de los entornos más extremos del planeta.

El proyecto, impulsado por la Universidad Nacional de La Matanza (UNLaM) – a través de su Secretaría de Ciencia y Tecnología–, junto al Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria (INTA), fue aprobado para un financiamiento por el Consejo Interuniversitario Nacional (CIN) y la Unión Europea y sigue su derrotero de desarrollo y puesta a punto.

La iniciativa “Optimización de un prototipo de producción hidropónica para la sostenibilidad y soberanía alimentaria”, que se lleva adelante en articulación con INTA Estación Experimental de Río Gallegos, propone adaptar un sistema de cultivo hidropónico diseñado originalmente para la Antártida a un formato doméstico, similar a un electrodoméstico. El objetivo es que pueda ser utilizado en viviendas particulares para producir vegetales en condiciones controladas, incluso en espacios reducidos.

Orígenes australes, proyección federal

Detrás de este desarrollo hay más de una década de trabajo, con antecedentes clave en la Patagonia. “Cuando empecé como docente e investigador de la Universidad Nacional de la Patagonia Austral, el desafío era cómo hacer eficiente el uso del agua y simplificar el trabajo. Había que buscar alternativas al cultivo tradicional”, recuerda Jorge Birgi, coordinador del INTA en la Estación Experimental de Río Gallegos. “La hidroponía cumplía con esos requisitos: hay toda una labor, sí, pero no es el mismo nivel de esfuerzo que estar trabajando la tierra”, especifica.

La iniciativa “Optimización de un prototipo de producción hidropónica para la sostenibilidad y soberanía alimentaria”, que se lleva adelante en articulación con INTA Estación Experimental de Río Gallegos, propone adaptar un sistema de cultivo hidropónico diseñado originalmente para la Antártida a un formato doméstico, similar a un electrodoméstico.

En términos técnicos, la hidroponía es una técnica de cultivo que prescinde de la tierra y utiliza soluciones nutritivas disueltas en agua. Esa diferencia, aunque simple en apariencia, implica un cambio profundo en la lógica productiva. “La planta va a consumir el nitrato tanto en el suelo como en el agua. Es la misma sal química -explica Birgi-. La diferencia es que en la hidroponía la fabricas y se la proporcionás directamente”.

Esa precisión permite optimizar recursos y mejorar la calidad del producto final. “Es un método preciso que sirve para producir con alta eficiencia en el uso del agua. Es decir, se le puede dar a la planta todo lo que necesita, con la luz adecuada y en el momento justo. Y eso no se logra nunca con un sistema convencional”, subraya.

En ese sentido, uno de los objetivos que plantea la hidroponia es reducir al mínimo los riesgos de producción. “¿Qué se saca de la ecuación con esta técnica? El riesgo”, sintetizó. “Le das a la planta la luz, el agua, todo. En términos técnicos, podría comprometerme a darte una planta de lechuga en una fecha determinada. Con el sistema convencional eso es imposible: te puede caer granizo para esa temporada y la cosecha se arruina”.

La Antártida como estación para consolidar un modelo

Para el ingeniero de la Estación Experimental INTA de Río Gallegos, “hoy nadie discute la calidad de un producto hidropónico. En su momento, de alguna forma, hubo que hacer escuela y difundir que estábamos entregando un producto de calidad, que beneficiaba tanto al productor como al consumidor”.

El proceso de validación también incluyó trasladar el desarrollo a la Antártida, uno de los hitos del proyecto. “Arranqué a evaluarlo mucho antes de formar un equipo porque no sabía si era posible -detalla Birgi-. Es decir, convencer a representantes del ámbito de Defensa, por ejemplo, de que se podía producir sin luz, sin tierra y con un poco de agua vegetales en la Antártida fue un gran desafío. Hoy, después de unos 8 años de trabajo, es una realidad: está establecido que en Marambio hay cultivo de verduras. Ya no se discute”.

Durante el transcurso de ese proceso, de todas formas, el equipo siempre tuvo en claro que la meta final era la transferencia de la tecnología a la sociedad: “Siempre pensamos que ese proceso tenía que llegar de alguna forma a la gente. Y esto es lo más lejos que podemos llegar: que lo use una familia”.

El dispositivo que se busca desarrollar apunta, en principio, a resolver una limitación concreta: la imposibilidad de producir alimentos en muchos hogares urbanos. “¿Quién puede decir hoy que planta algo en su casa? Son muy pocos”, planteó Birgi. “Hay personas que viven en departamentos chicos y no tienen acceso a un terreno. Este sistema puede generar un impacto real”.

El proceso de validación también incluyó trasladar el desarrollo a la Antártida, uno de los hitos del proyecto.

Para eso, uno de los desafíos centrales es adaptar la complejidad tecnológica a un uso simple. “La tecnología sabemos que funciona agronómicamente”, explicó, y agrega: “Ahora hay que lograr que una familia la pueda manejar y que sea una solución, no un problema”.

El rol de la UNLaM, clave para ampliar horizontes y conectar con nuevos actores sociales

En ese punto, los aportes y articulaciones de la Universidad Nacional de La Matanza, destaca Birgi, resultan claves. Es que desde esta Casa de Altos Estudios se trabaja, por ejemplo, en el análisis de mercado y en la generación de documentación técnica que permita transferir el desarrollo al sector productivo. La meta es que una empresa pueda fabricar el dispositivo en el país, ajustado a las demandas reales.

“Nosotros podemos llevar el prototipo a un nivel tecnológico muy alto- ejemplifica Birgi-. Podríamos ponerle sensores, cámaras térmicas para medir la hidratación de la planta… Pero la pregunta es: ¿realmente el usuario final necesita eso?”.

El foco, entonces, está puesto en identificar a los tipos de usuarios y adaptar el sistema a sus necesidades. “Necesitamos que nos proporcionen más información respecto a quién lo va a usar”, plantea el coordinador del lado del INTA. Ahí, explica, es donde hay que ajustar: “a lo que la gente quiere, para que sea asequible y tenga sentido”.

El desarrollo también implica un fuerte trabajo interdisciplinario. “Esto, para que se entienda la dinámica, es como un pequeño ‘robot’”, graficó. “El dispositivo va a regular la luz, el agua y otros factores, según lo que se le pida. Pero para una tecnología así se necesitan ingenieros eléctricos, especialistas en datos, agrónomos, economistas… Todos aportando sus conocimientos y saberes. Ahí es donde hay que saber coordinar”.

Además, el sistema deberá ser capaz de adaptarse a distintas condiciones del país. “No es lo mismo Salta que Ushuaia”, ejemplificó Birgi (a la derecha). “No sabemos dónde va a ir a parar cada dispositivo, si a un lugar con mucha o poca agua, o con climas más húmedos o secos”. El principal objetivo, por supuesto, es que la tecnología sea idónea y adaptable a cualquier condición ambiental.

En ese equilibrio entre innovación, accesibilidad y necesidad social se juega el futuro del proyecto. La apuesta es que una tecnología pensada para sobrevivir en condiciones extremas pueda, en los próximos años, integrarse a la vida cotidiana y abrir nuevas formas de producir alimentos en entornos urbanos.

Nicolás Camargo Lescano (Agencia CTyS-UNLaM)