Un estudio publicado en PNAS cuestiona la idea de que los microorganismos se dispersan por todo el planeta y abre interrogantes sobre evolución, conservación y biotecnología

Los microorganismos del suelo antártico sobreviven a temperaturas extremas, radiación ultravioleta y escasez de agua líquida (Imagen Ilustrativa Infobae)

Cuando se habla de la Antártida, la imagen suele remitir a pingüinos, focas, ballenas y extensiones de hielo. Sin embargo, buena parte de la vida que sostiene esos ecosistemas no se ve a simple vista. Está en el suelo, entre granos de arena, rocas y capas de hielo: son comunidades de microbios antárticos adaptadas a condiciones que resultarían letales para la mayoría de los seres vivos.

La investigación publicada en la revista Proceedings of the National Academy of Sciences (PNAS) analizó bacterias del género Arthrobacter halladas en suelos del continente y encontró grupos que, hasta ahora, no tienen equivalentes conocidos en otras regiones del mundo.

El resultado cuestiona una idea extendida en microbiología: que los microorganismos pueden dispersarse con facilidad y terminar presentes en casi todos los ambientes.

La Antártida está separada del resto de las masas continentales por el océano Austral y por la corriente circumpolar antártica, una barrera marina que contribuyó a mantener aisladas sus especies durante millones de años.

Según el estudio, ese aislamiento habría permitido que ciertos microorganismos siguieran una trayectoria evolutiva propia.

Los investigadores compararon las cepas antárticas con muestras procedentes de otros territorios fríos o secos, como el desierto de Atacama, el archipiélago de Svalbard y la meseta tibetana.

Las bacterias de la Antártida formaron grupos diferenciados, una señal de que su historia no puede explicarse solo por la llegada de microorganismos transportados por el viento, el agua o las actividades humanas.

Las especies antárticas habrían permanecido aisladas entre 10 y 15 millones de años, mientras que el Ártico conserva conexiones terrestres y marítimas mucho más directas con otras zonas del planeta.

Esa diferencia ayuda a explicar por qué ambos polos, aunque comparten temperaturas bajas, no tienen necesariamente la misma historia biológica.

El frío es solo una parte del desafío. En distintas zonas del continente, el suelo puede registrar cerca de 8 ℃ en verano y bajar de -25 ℃ en invierno. La temperatura del aire puede caer por debajo de -40 ℃.

A eso se suman la escasez de agua líquida, la falta de nutrientes y una exposición elevada a radiación ultravioleta durante los meses de luz prolongada.

Las bacterias sostienen procesos de los que dependen otros animales

Aunque pasen inadvertidos, los microorganismos intervienen en el reciclaje de nutrientes y en las cadenas alimentarias de los ecosistemas antárticos. Su actividad contribuye a que otros organismos puedan desarrollarse en ambientes donde los recursos son limitados.

Por eso, un cambio en la composición de estas comunidades puede tener efectos más amplios que la desaparición de una sola especie de bacteria. La biodiversidad microbiana es parte de la base ecológica de la Antártida, incluso si los animales más conocidos del continente concentran la atención del público.

Las adaptaciones de estos organismos interesan además fuera de la ciencia ambiental. Algunas bacterias y otros seres vivos antárticos producen enzimas capaces de funcionar a bajas temperaturas.

En la industria, muchos procesos químicos requieren calor y, por lo tanto, un consumo elevado de energía. Las enzimas adaptadas al frío podrían permitir determinadas reacciones en condiciones menos exigentes.

Ese potencial tiene aplicaciones posibles en sectores como la elaboración de alimentos, la fabricación de detergentes, el tratamiento de residuos y la biotecnología.

Usar enzimas que funcionen a temperatura ambiente podría reducir la energía necesaria en algunos procesos industriales, aunque su aplicación a gran escala depende de investigaciones adicionales.

Organismos marinos bajo estudio por su posible uso médico

El interés científico también alcanza a microorganismos asociados con animales marinos. Un trabajo publicado en 2025 por integrantes del equipo investigador examinó bacterias cultivadas a partir de ocho especies de invertebrados de la Antártida, entre ellas pepinos de mar, estrellas de mar y anémonas.

En pruebas de laboratorio, dos cepas de los géneros Psychrobacter y Pseudomonas frenaron el crecimiento de microorganismos vinculados con infecciones humanas, como Staphylococcus aureus resistente a la meticilina, Micrococcus luteus y Candida albicans.

Los resultados no implican que exista un nuevo tratamiento listo para ser usado. Las pruebas iniciales permiten identificar sustancias o mecanismos que luego deben estudiarse durante años antes de que puedan convertirse, eventualmente, en medicamentos. Aun así, muestran que la diversidad invisible de la región puede contener compuestos de interés para la salud.

El calentamiento y la presencia humana plantean riesgos

La condición aislada que favoreció la aparición de estas comunidades también las vuelve vulnerables. El turismo, las bases científicas y el transporte marítimo aumentan las posibilidades de que lleguen microorganismos de otras zonas.

Las especies introducidas pueden alterar ambientes cuyos habitantes evolucionaron sin contacto frecuente con agentes externos.

En este contexto, investigadores han seguido la presencia de resistencia a los antimicrobianos en las cercanías de la Estación de Investigación Rothera, operada por el Reino Unido en la península antártica. La resistencia antimicrobiana ocurre cuando bacterias, hongos u otros microorganismos dejan de responder a tratamientos que antes resultaban eficaces.

El trabajo citado indicó que las aguas residuales tratadas de la estación tienen un efecto limitado sobre las comunidades microbianas marinas cercanas. Sin embargo, el monitoreo permite observar cómo impactan las actividades humanas en un ecosistema con características poco comunes.

El aumento de las temperaturas representa otra preocupación. En cultivos de laboratorio, algunas bacterias estudiadas mostraron capacidad para adaptarse a condiciones más cálidas.

Si ese comportamiento se repite en la naturaleza, el cambio climático podría modificar la composición y el funcionamiento de las comunidades microbianas antárticas.

Por Pilar Alvarez (Infobae)