
Una de cada tres personas que sufre un infarto muere en nuestro país como consecuencia de la demora en arribar a un centro asistencial o por la tardanza para identificar y darle entidad a los síntomas, según analizaron especialistas en un congreso médico.
Sobre un estimado de 50 mil infartos anuales, fallecen 17.130 personas en ese mismo período, de acuerdo a cifras del Ministerio de Salud de la Nación. Es decir, prácticamente uno de cada tres. Y mientras que la mortalidad intrahospitalaria, medida exclusivamente entre los que llegan a recibir atención médica, oscila en cerca de uno de cada diez (8,8%), la gran brecha se produce porque un alto porcentaje de los pacientes demora en arribar al centro asistencial.
“El alto nivel de mortalidad intrahospitalaria se debe en gran medida a la demora del paciente en acudir en busca de atención médica: casi uno de cada dos (45%) llega al centro asistencial luego de las tres horas de comenzado el dolor, por lo que es importantísima la concientización de la población sobre la consulta inmediata a un centro con servicio de hemodinamia ante los primeros síntomas del infarto”, alertó Alejandro Cherro, cardioangiólogo intervencionista y presidente del Colegio Argentino de Cardioangiólogos Intervencionistas (CACI).
Además de las responsabilidades imputables al propio paciente, muchas veces se presentan limitaciones atribuibles al sistema de salud, que van desde retrasos en el traslado de la ambulancia, demoras en la atención en el centro asistencial, falta de salas de hemodinamia (lo que obliga a una nueva derivación) y escasez en la disponibilidad de medicación trombolítica, que es aquella indicada para administrarle por vía endovenosa al paciente que sabemos va a ser demorado, hasta tanto se concrete su derivación a un centro con disponibilidad de sala de hemodinamia.
La propia Asociación Americana del Corazón (AHA) estableció bajo el concepto de “Cadena de supervivencia”, una serie de recomendaciones para la atención de una persona frente a un episodio cardíaco, incluyendo fundamentalmente el llamado inmediato a emergencias, la llegada temprana y asistencia en la ambulancia y una adecuada atención hospitalaria.
“Otra circunstancia no menor es que las personas se infartan en cualquier lugar y hora y, a pesar de estar cerca de algún centro asistencial, por requerimiento de su obra social o prepaga o decisión del servicio público de emergencias, es derivado al centro contratado y no al más cercano, perdiéndose minutos valiosos en la congestionada Buenos Aires que atentan contra la atención temprana del paciente”, señaló por su parte Alejandro Palacios, cardioangiólogo intervencionista y director del Comité Organizador del Congreso.
Estudio sobre atención en centros de salud
Los resultados preliminares a nivel nacional del estudio denominado Argen IAM-ST sobre un total de 1759 personas con infarto que llegaron a la guardia de 247 centros de todo el país, observaron un nivel de mortalidad del 8,8%.
“Este valor corresponde a un grupo de centros seleccionados especialmente para participar en este relevamiento científico, por lo que es de suponer que la mortalidad nacional sea aún mayor”, destacó Cherro sobre la investigación que realizaron en forma conjunta la Sociedad Argentina de Cardiología (SAC) y la Federación Argentina de Cardiología (FAC).
Entre otras conclusiones del relevamiento, en el que se estudió a pacientes con un promedio de edad de 61 años, se observó que cuatro de cada diez de los centros participantes no contaban con sala de hemodinamia y que el 16,5% de los pacientes atendidos con diagnóstico de infarto no había recibido ninguna terapia de reperfusión (angioplastia o medicación antitrombótica/fibrinolítica) dentro de las primeras 24 horas de iniciados los síntomas. Pasado ese lapso, se considera que la angioplastia y mucho menos los antitrombóticos, ya no aportan ningún beneficio.
“La derivación es una contrariedad y siempre atenta contra el éxito del tratamiento: un 37% de los pacientes debieron ser derivados, expuestos a una demora que superó las 2 horas, y en ellos se observó que presentaron un 35% menos de probabilidades de acceder a medicación fibrinolítica de reperfusión (desobstrucción) arterial y una menor calidad en la terapia, ya que fueron sometidos a un 49% menos de angioplastias primarias”, insistió Cherro en base a los datos del estudio.








