
El sendero de los cerezos, el gran portal o “torii”, el farol de piedra y la cascada encantan. Desde 1967, este Jardín ofrece un pedacito de Japón en el corazón de Palermo.
La contemplación del damero está entre las maravillas del Jardín Japonés, de Palermo, en Capital. Al intercalar cuadrados de césped y blancos, ese espacio evoca “verde y vacío, el follaje del pino atravesado por el aire” -como dice un haiku, forma de poema breve tradicional-.
Pero también encantan sus puentes, pagodas y faroles de piedra; el agua que moldea, incesante, las rocas; los peces koi -que según una leyenda, nadan en busca de una cima donde, al fin, se convertirán en dragones-; la torre de Buda; la caligrafía exquisita del Monumento al Esfuerzo del Inmigrante, y las pequeñas grullas de papel artesanales que venden en el shop.
Por eso, es muy difícil elegir qué destacar en este lugar, inaugurado en 1967. Lo creó la colectividad japonesa -con permiso oficial- para homenajear a los entonces príncipes Akihito y Michiko, luego emperadores, en su primera visita a Argentina, y después lo donaron como lugar de “meditación, paseo y recreación”. A las tipas y las magnolias les sumaron cerezos que renacieron tras el bombardeo de Hiroshima (1945).
Uno puede conocer al Jardín Japonés de memoria. Puede haber consultado al Omikuji, es decir, haber sacado de una caja un palito numerado que remite, justamente con el número, a “versos de la suerte” (y a un rito del que hay registro desde el siglo XIV). Si el resultado es auspicioso, colgará el papelito en el “árbol de los deseos”. Sino, el consejo es orar al dios de cada uno para que cambie la fortuna.
De hecho, desde el siglo XVII, en Japón, la gente se reúne a mirar las flores de los cerezos. Entre fin de marzo y principios de abril, caen copos rosa pálido, como poemas livianos, como reflexiones profundas, sobre la vida bella y fugaz.









