Experiencias gastronómicas, recorridos por viñedos, hotelería y eventos culturales, convierten a las bodegas en destinos turísticos capaces de compensar la caída de ventas en un mercado que cambia.

Paseos en bicicleta entre viñedos, otra de las opciones que ofrece el negocio del enoturismo.

La industria vitivinícola mundial se enfrenta a una paradoja cada vez más evidente. Por un lado, el vino sigue siendo un símbolo cultural y gastronómico profundamente arraigado en casi todo el mundo. Pero, al mismo tiempo, el sector atraviesa una caída histórica del consumo, debido a cambios en los hábitos de los consumidores, presión económica e impactos climáticos que están transformando el negocio.

En ese contexto, un fenómeno crece con fuerza en todos los mercados involucrados con el vino: el enoturismo. Cada vez más bodegas apuestan por abrir sus puertas al público y convertir sus instalaciones en destinos turísticos.

La estrategia no solo sirve para diversificar ingresos sino que permite fortalecer la marca, vender directamente al consumidor y crear experiencias que fidelizan al visitante.

Un informe internacional publicado recientemente por la Hochschule Geisenheim University, de Alemania, realizado con la colaboración de organizaciones como UN Tourism, la Organización Internacional de la Viña y el Vino (OIV) y la red Great Wine Capitals, confirma el cambio estructural que vive el sector.

El estudio, basado en una encuesta a 1.310 bodegas de 47 países, muestra que el enoturismo ya se ha convertido en una actividad central para muchas empresas vitivinícolas del mundo. De ese total, cerca de 40 bodegas argentinas participaron del estudio.

La conclusión es contundente: en un escenario de mercado cada vez más incierto, el turismo del vino emerge como uno de los principales salvavidas económicos de la industria.

Este crecimiento del enoturismo coincide con uno de los períodos más desafiantes para el negocio del vino en décadas. Las cifras internacionales muestran un deterioro simultáneo de la producción y del consumo.

Según datos de la OIV, la producción mundial de vino cayó en 2024 a 225,8 millones de hectolitros, el nivel más bajo desde 1961, afectada principalmente por eventos climáticos extremos como sequías, heladas tardías y lluvias intensas en regiones vitivinícolas clave.

La proyección para 2025, todavía sin cierre de las cifras oficiales, proyectó un techo de producción de 235 millones de hectolitros, una cifra que si bien muestra una leve recuperación frente a 2024 todavía sigue por debajo de los niveles promedio de los últimos cinco años.

La evolución de la demanda tampoco acompaña. El consumo global descendió hasta 214,2 millones de hectolitros, una caída del 3,3% interanual que refleja un fenómeno más profundo: el cambio en los hábitos de consumo de alcohol, especialmente entre las generaciones jóvenes.

La inflación, el aumento de los costos y la mayor conciencia sobre la salud también influyen en esta tendencia. Muchos consumidores reducen la frecuencia con la que compran vino o se inclinan por otras bebidas, desde cervezas artesanales hasta opciones con bajo o nulo contenido alcohólico.

En algunos mercados tradicionales la situación es especialmente compleja. En países europeos como Francia o Suiza, por ejemplo, la caída del consumo interno ya genera preocupación entre productores y autoridades.

Frente a este panorama, las bodegas buscan nuevas formas de monetizar su actividad. Y allí es donde el turismo aparece como una herramienta estratégica.

La experiencia como nuevo negocio

El concepto de enoturismo va mucho más allá de una simple degustación. Hoy incluye recorridos por viñedos, visitas a cavas, experiencias gastronómicas, talleres de elaboración, eventos culturales e incluso alojamiento dentro de las bodegas.

Según el informe global, el 88% de las bodegas encuestadas ya ofrece algún tipo de actividad de enoturismo, lo que demuestra hasta qué punto esta práctica se ha extendido en el sector.

Las experiencias más comunes son las degustaciones de vino, ofrecidas por el 79% de las bodegas y las visitas a la bodega, presentes en el 68% de las propuestas. Los recorridos por los viñedos son ofrecidos por el 61% de las bodegas consultadas.

También ganan espacio actividades complementarias como maridajes gastronómicos, eventos privados, encuentros con el enólogo y festivales culturales.

El fenómeno responde a una transformación más amplia del turismo global. En la llamada “economía de las experiencias”, los viajeros buscan actividades que combinen cultura, gastronomía y contacto con la naturaleza.

Una actividad cada vez más rentable

Más allá del atractivo cultural, el enoturismo tiene un impacto económico cada vez más tangible.

El informe internacional indica que el 65% de las bodegas considera que el enoturismo es rentable o muy rentable, mientras que apenas el 7% lo percibe como un negocio deficitario.

En promedio, el turismo del vino representa cerca del 25% de los ingresos totales de las bodegas, aunque la cifra varía según el tamaño de la empresa y la región.

En particular, el enoturismo resulta clave para las bodegas más chicas. Para estos productores, el turismo puede representar hasta el 28% de la facturación, una proporción mayor que en las grandes compañías vitivinícolas.

La explicación es simple: el contacto directo con el visitante permite vender vino sin intermediarios, lo que mejora los márgenes. Además, el visitante suele comprar productos premium o ediciones limitadas que difícilmente encontraría en las góndolas de los supermercados.

El enoturismo también se convirtió en un motor de desarrollo para muchas regiones rurales. De acuerdo con el estudio, el 60% de las bodegas considera que el turismo del vino tiene un impacto económico significativo o muy significativo en su región.

La actividad genera empleo directo en las bodegas -desde guías turísticos hasta personal de gastronomía- y también impulsa negocios complementarios como hoteles boutique, restaurantes, transporte y comercio local.

En términos de visitantes, el informe muestra que las bodegas reciben una mediana de 1.500 turistas al año, aunque algunas llegan a recibir hasta 250.000 visitantes.

Otro dato relevante es que el 58% de los visitantes son turistas nacionales, mientras que el 42% proviene del extranjero, lo que convierte al enoturismo en un importante canal de promoción internacional para las regiones vitivinícolas.

Mendoza, una provincia repleta de paisajes increíbles.

Un recurso clave en tiempos de crisis

Uno de los hallazgos más significativos del informe es que más del 60% de las bodegas considera que el enoturismo es una herramienta útil para enfrentar momentos de crisis económica.

Esto se debe a que permite diversificar los ingresos más allá de la venta de botellas, fortalecer la relación con el consumidor generando fidelidad de marca y permite vender productos premium directamente al visitante.

En un contexto donde el consumo global de vino disminuye y los mercados tradicionales se vuelven más competitivos, estas ventajas resultan cada vez más relevantes.

Por eso, las perspectivas para el enoturismo son ampliamente positivas según los resultados del informe global: el 68% de las bodegas cree que el turismo del vino crecerá en su región, mientras que el 73% espera que su propia actividad turística aumente en los próximos años.

Además, más de la mitad de las bodegas planea invertir en infraestructura turística, lo que incluye nuevas salas de degustación, restaurantes, hoteles y experiencias interactivas.

El caso argentino: turismo del vino en expansión

Argentina es uno de los países donde el enoturismo logró crecer con mayor dinamismo en los últimos años.

Regiones como Mendoza, Salta, San Juan, Neuquén o Río Negro se consolidaron como destinos turísticos que combinan paisaje, gastronomía y vino.

En particular, la zona de Luján de Cuyo y el Valle de Uco, en Mendoza, concentra algunas de las bodegas más visitadas del país, muchas de ellas con restaurantes de alta cocina, hoteles boutique y experiencias premium para visitantes internacionales.

Según datos aportados por la Corporación Vitivinícola Argentina (COVIAR) “el turismo del vino crece y se consolida en el país. Ya son 486 bodegas abiertas al turismo en 17 provincias”.

El crecimiento del turismo enológico en Argentina responde también a la estrategia de posicionar al país como productor de vinos de alta gama, especialmente el Malbec, que se transformó en una marca global.

En los últimos años, numerosas bodegas argentinas ampliaron su infraestructura turística, incorporando centros de visitantes, museos del vino, programas de cosecha participativa y eventos culturales.

El vino crea nuevos perfiles de turistas

El crecimiento del enoturismo también refleja un cambio en el perfil del visitante. Según el informe global, el grupo etario más frecuente entre los turistas del vino es el de 45 a 65 años, seguido por visitantes de 25 a 44 años.

Sin embargo, las bodegas detectan un creciente interés entre viajeros más jóvenes, especialmente cuando las experiencias incorporan gastronomía, naturaleza o actividades culturales.

Entre las tendencias emergentes destacan el mayor interés por la educación enológica, mencionada por el 54% de las bodegas. También el enfoque en la sostenibilidad, citado por el 43% de las empresas relevadas. Y por último las experiencias gastronómicas, señaladas por el 42% de los encuestados.

En este punto asoma otra tendencia clave del enoturismo global: la creciente demanda de experiencias sostenibles y auténticas.

Más del 60% de las bodegas cree que la sostenibilidad será un factor clave para el turismo del vino en los próximos cinco años.

Esto se refleja en prácticas como viticultura orgánica o biodinámica, uso de energías renovables, conservación del paisaje e integración con la gastronomía local.

Además, el sector comienza a incorporar herramientas digitales, desde reservas online hasta sistemas de personalización basados en datos y redes sociales, que permiten adaptar las experiencias al perfil del visitante.

Por Jorge Velázquez (ámbito)