Esta Casa de Altos Estudios y el INTA de Río Gallegos presentaron, en la Semana Internacional de la Ciencia del CIN, el proyecto de un sistema hidropónico, pensado originalmente para la Antártida, que busca fortalecer la soberanía alimentaria con tecnología nacional.

Lo que comenzó como un módulo para cultivar verduras en la Antártida hoy se proyecta como un electrodoméstico, capaz de producir alimentos frescos en cualquier hogar. En la Semana Internacional de la Ciencia, las Artes y la Producción de Conocimiento 2025, la Universidad Nacional de La Matanza (UNLaM) presentó el proyecto “Optimización de un prototipo de producción hidropónica para la sostenibilidad y soberanía alimentaria”, que lleva adelante en articulación con INTA Estación Experimental de Río Gallegos.

Originalmente diseñada para las bases argentinas en la Antártida —donde no es posible cultivar al aire libre—, esta tecnología busca adaptarse ahora al uso doméstico y a la agricultura familiar. El proyecto, a través de la Secretaría de Ciencia y Tecnología de la UNLaM, fue seleccionado en una convocatoria internacional del Consejo Interuniversitario Nacional (CIN) y la Unión Europea, que promueve iniciativas de innovación con impacto social.

Durante la charla que tuvo lugar en el Auditorio de la Biblioteca Leopoldo Marechal, el primero en tomar la palabra fue el magíster Juan Pablo Piñeiro, secretario de Ciencia y Tecnología de la UNLaM, quien destacó la relevancia de vincular la investigación con la vida cotidiana. “La tecnología que se pretende expandir y fortalecer expresa la potencialidad de la investigación científica para ofrecer mejoras concretas para la vida diaria”, afirmó.

El secretario subrayó también el valor que este tipo de proyectos tiene para la formación de nuevos recursos humanos en ciencia y tecnología. “Para los estudiantes, participar de una iniciativa así les permite comprender cómo se articulan el conocimiento científico, la tecnología y la innovación -expresó-. Son tres dimensiones que muchas veces se enseñan en el aula de manera disociada, pero acá se viven de forma integrada”.

“Siempre decimos que la producción del conocimiento y el aula tienen que estar en una suerte de apuntalamiento continuo, y esto justamente se trata de eso”, sostuvo. Y agregó una reflexión sobre el rol de los organismos públicos para este entramado: “El INTA es una institución de envergadura reconocida dentro y fuera del país. Este tipo de iniciativas reafirman su presencia territorial y su compromiso con una Argentina de carácter continental”.

“Siempre decimos que la producción del conocimiento y el aula tienen que estar en una suerte de apuntalamiento continuo, y esto justamente se trata de eso”, sostuvo Piñeiro.

Otro de los disertantes fue el doctor Martín Díaz, coordinador del proyecto y docente-investigador de la UNLaM, quien explicó el desafío actual: adaptar esa tecnología a escala familiar. “Partimos de un desarrollo que solucionó un problema histórico -producir vegetales frescos en la Antártida-, y pensamos cómo esa misma lógica podría resolver limitaciones en las ciudades: falta de suelo, agua o espacio. La idea es que cualquier persona pueda tener su propio cultivo en casa”, señaló.

“La fortaleza del proyecto es que no se trata de una iniciativa estrictamente académica. Es una respuesta directa y oportuna a una demanda social y productiva concreta”, subrayó Díaz.

Cultivar en el hielo: el germen de una tecnología nacional

De la charla también participó el magíster Jorge Birgi, ingeniero del INTA y de la Universidad Nacional de la Patagonia Austral (UNPA), quién repasó el origen de la tecnología que hoy impulsa la alianza. “En 2015 empezamos a trabajar con la idea de producir vegetales en las bases antárticas argentinas. Fue una aventura que duró casi diez años”, relató el integrante del proyecto.

De esa experiencia nació MAPHI, un paquete tecnológico de producción hortícola diseñado para funcionar en condiciones extremas. “MAPHI es un sistema pensado para zonas marginales, regiones áridas o aisladas, donde el suelo o el clima impiden cultivar. Fue desarrollado con componentes nacionales, compatibles con verduras de hoja, aromáticas y frutillas, y con una altísima eficiencia en el uso del agua”, explicó Birgi.

El módulo, construido dentro de un contenedor marítimo, permite controlar temperatura, humedad y nutrientes. Cada detalle fue pensado para soportar vientos, bajas temperaturas y escasez hídrica. Además de la estructura física, el sistema incorpora un panel de monitoreo que registra variables de cultivo y consumo energético. “La idea es que el usuario pueda saber cuánta agua utiliza, cómo está el clima dentro del contenedor y ajustar el proceso de forma remota”, detalló.

Del módulo antártico al electrodoméstico hogareño: identikit de una iniciativa co-institucional

El proyecto, financiado por los Proyectos de Desarrollo Tecnológico y Social (PDTS-CIN-UNIUEAR), apunta a transformar el contenedor MAPHI en un dispositivo compacto, estético y automatizado.

El equipo de trabajo reúne a especialistas del INTA y de la UNLaM en agronomía, electrónica, informática, ingeniería industrial, economía, comunicación y ciencias sociales. Cada grupo aborda un objetivo específico: mejorar el prototipo, crear una base de datos y una aplicación móvil, elaborar un plan de negocios y diseñar el modelo final para su futura industrialización.

El encuentro cerró con una idea común: la tecnología solo cobra sentido cuando vuelve a la sociedad. En ese camino, el prototipo nacido para resistir el viento antártico se prepara para florecer en hogares, escuelas o comunidades rurales de todo el país. “Creemos que esta investigación focaliza su objetivo en resolver un problema real -dijo Díaz-. Creemos que la ciencia tiene valor cuando puede mejorar la vida de las personas y eso es lo que vamos a hacer”.

Los nodos de innovación: ciencia, empresas y territorio

El director del Nodo de Innovación Patagonia BioClimaData del INTA, magíster Santiago Casiraghi, destacó que el proyecto conjunto con la UNLaM representa un ejemplo concreto de cómo la ciencia puede generar impacto social. “Esta iniciativa es una evidencia de lo que se busca con la ciencia y la tecnología: generar impacto en la sociedad. Para eso es la ciencia y la tecnología”, afirmó Casiraghi, al agradecer el trabajo articulado entre ambas instituciones.

El investigador explicó que los nodos de innovación del INTA, creados en 2023, funcionan como una red destinada a vincular la producción científica con el desarrollo tecnológico y el sector productivo. “Los nodos de innovación son una herramienta que busca identificar nuevos productos y servicios desarrollados dentro del INTA que tengan potencial para escalar, incubar empresas de base tecnológica y crear startups”, señaló.

Casiraghi recordó que el INTA posee más de 300 agencias, centros e institutos distribuidos en todo el país, lo que brinda una estructura territorial clave para impulsar la innovación aplicada. “No venimos a reemplazar estructuras, sino a complementarlas. Con mínima inversión, buscamos aprovechar toda la capacidad instalada del INTA: equipamiento, infraestructura, grupos especializados, convenios público-privados e internacionales”, subrayó.

Acerca de la Semana Internacional de la Ciencia

Cada 10 de noviembre, Naciones Unidas conmemora el Día Mundial de la Ciencia para la Paz y el Desarrollo. La iniciativa reafirma el rol esencial del conocimiento como motor para construir un mundo más justo, sostenible y solidario. En ese marco, el Consejo Interuniversitario Nacional (CIN) invita a participar en la Semana Internacional de la Ciencia para la Paz y el Desarrollo, una decisión que promueve el diálogo entre las instituciones universitarias argentinas y la comunidad local, regional y global, que visibiliza la contribución de la ciencia, de las artes y de las humanidades a la cooperación internacional y al bienestar colectivo.