El 54% de los estudiantes de 15 años declaró usar el celular todos los días en la escuela, uno de los porcentajes más altos entre los cerca de 80 países evaluados. La evidencia científica muestra que la sola presencia del dispositivo, incluso sin usarlo, reduce la memoria de trabajo y la atención.

Foto: Andina

Los datos de PISA 2022 confirman lo que docentes y familias vienen señalando hace años y sigue vigente al día de hoy: Argentina es uno de los países con mayor nivel de distracción en clase asociada al celular entre los cerca de 80 países evaluados por la OCDE. El 54% de los estudiantes de 15 años declaró usar el dispositivo todos los días durante la jornada escolar y reconoció perder la atención del docente por estar pendiente de la pantalla.

La evidencia académica internacional respalda estos números. Un estudio de la London School of Economics registró mejoras significativas en el rendimiento académico al eliminar los celulares de las aulas, con un efecto todavía mayor entre los estudiantes con más dificultades de base. Por su parte, investigadores de la Universidad de Texas en Austin demostraron que la sola presencia del celular (incluso apagado) reduce la memoria de trabajo y la capacidad de atención, ya que el cerebro destina recursos cognitivos a resistir la tentación de revisarlo. El psicólogo social Jonathan Haidt, uno de los investigadores más citados sobre el tema, vincula además el uso intensivo de smartphones en la adolescencia con mayores niveles de ansiedad, depresión y problemas de atención.

Frente a este escenario, distintas escuelas de Argentina y Uruguay comenzaron a implementar protocolos institucionales para gestionar el uso del celular durante la jornada, acompañados de programas de formación para alumnos, docentes y familias (entre ellos, el de MotivEd, empresa que desarrolló un programa que combina fundas magnéticas, capacitación y acompañamiento para gestionar el uso del celular en escuelas de Latinoamérica)

En evaluaciones internas realizadas a los 90 días de implementación en más de 2000 alumnos muestran una tendencia consistente con lo que anticipa la evidencia científica:

  • El porcentaje de alumnos que reportó sentirse involucrado en clase pasó del 38% al 60%
  • Los conflictos frecuentes entre estudiantes vinculados al celular cayeron un 75%
  • El 83% de los docentes notó que sus alumnos están más presentes y comprometidos.

“La atención es un recurso limitado. Cuando el celular está disponible todo el tiempo, compite constantemente con el aprendizaje y con la convivencia. El desafío no es prohibir la tecnología, sino diseñar entornos donde aprender y relacionarse vuelva a ser más fácil”, explica Nicolás Viñales, cofundador de MotivEd.

La iniciativa cuenta en Argentina con el apoyo de la Red Educativa Itínere, fundada por Darío Álvarez Klar, quien manifestó que el problema no está en “prohibiciones aisladas. El objetivo no debería ser controlar a los chicos, sino acompañarlos a desarrollar autonomía y hábitos digitales saludables. Cuando se integra a un proceso educativo, deja de ser una restricción y ahí es donde realmente estamos educando”.

A diferencia de otros modelos, en las instituciones que adoptaron el programa Motived, el alumno conserva su celular durante toda la jornada, pero guardado dentro de una funda individual que bloquea la señal y evita el acceso permanente a notificaciones. Cada institución define los momentos y espacios en los que el dispositivo puede utilizarse con fines pedagógicos, manteniendo reglas claras sin necesidad de gestionar, almacenar o custodiar cientos de teléfonos. De esta manera, se reduce la tentación de tener el celular disponible de forma constante, al tiempo que se disminuye la carga operativa para docentes y equipos de gestión.

Los especialistas, compartieron 5 recomendaciones para gestionar de forma consciente y saludable, el uso de pantallas en las aulas:

  • Integrar la regla al proyecto institucional:  el uso del celular debe integrarse al reglamento escolar igual que cualquier otra norma de convivencia, con sus razones explicadas (recuperar atención, mejorar el aprendizaje y fomentar vínculos) y no como una imposición arbitraria.
  • Definir claramente cuándo puede usarse pedagógicamente: no se trata de eliminar la tecnología, sino de definir con claridad cuándo y para qué se habilita el celular con fines educativos, y comunicarlo de antemano a alumnos, docentes y familias. El objetivo es que los docentes no tengan que estar controlando constantemente el uso del celular, sino que cuenten con protocolos claros que les permitan enfocarse en enseñar y aprovecharlos pedagógicamente.
  • Involucrar a las familias desde el principio: los hábitos digitales se construyen también fuera del colegio, por lo que charlas y contenidos dirigidos a padres son tan importantes como la medida dentro del aula.
  • Mantener el celular en poder del alumno pero inaccesible: evitar sistemas de recolección (cajas, lockers) que trasladan la responsabilidad y el riesgo del dispositivo al colegio. La clave es que el estudiante lo conserve, pero que deje de estar disponible durante la jornada.
  • Medir resultados después de implementar: relevar indicadores de atención, convivencia y bienestar antes de aplicar la política y volver a medirlos nuevamente, permite ajustar el protocolo con datos reales.

Con Argentina, Uruguay y Chile encabezando el ranking mundial de distracción en el aula, el debate educativo en la región dejó de girar en torno a si el celular debería tener un lugar limitado durante la jornada escolar. La discusión, coinciden especialistas e instituciones, pasa hoy por cómo gestionar ese límite de forma sostenible, sin sumar carga operativa a las escuelas ni convertirlo en una fuente diaria de conflicto entre adultos y estudiantes.