Por Daniel Armando Vogel – Hola, buen día. Buen domingo para todos.
Los argentinos descubrimos hace apenas una semana que perder también puede dejar enseñanzas. La cuarta Copa del Mundo no llegó, el bicampeonato quedó en manos de España y, como ocurre siempre después de una final, primero apareció la tristeza y luego las preguntas. Resulta difícil comprender cómo la Selección más goleadora del campeonato prácticamente no remató al arco durante ciento quince minutos y recién en los últimos instantes encontró dos situaciones que pudieron cambiar la historia. ¿Fue una decisión táctica? ¿Hubo un mensaje que nunca conoceremos? ¿Simplemente España fue superior? Tal vez algún día aparezcan las respuestas. Mientras tanto, cada argentino elaborará su propia explicación.
Lo que nadie podrá discutir es que la imagen más fuerte no fue la de España levantando la Copa, sino la de los futbolistas argentinos dándole la espalda al festejo para mirar de frente a su gente, con lágrimas en los ojos. Cada uno interpretará si eran de frustración, de bronca o de impotencia. Pero hay imágenes que hablan por sí solas.
La semana pasada escribíamos en esta misma columna que Los Lioneles no fueron los que mejor jugaron al fútbol. Fueron los que mejor jugaron en equipo. Hoy, después de una derrota que dejó más preguntas que respuestas, sigo convencido de aquella afirmación. Porque un resultado nunca puede borrar una conducta, del mismo modo que una Copa jamás alcanza para explicar la dimensión humana de un grupo que durante años construyó un ejemplo de humildad, respeto, compañerismo y sentido de pertenencia.
Hubo, además, un hecho que probablemente sobreviva mucho más que el resultado de la final. Me refiero al momento en que los jugadores argentinos desplegaron la bandera con la inscripción “Las Malvinas son Argentinas” y todo el estadio acompañó el histórico canto de “El que no salta es un inglés”. Nunca sabremos si aquel gesto tuvo alguna consecuencia deportiva. Lo que sí sabemos es que el viejo reclamo argentino volvió a instalarse en la conversación mundial.
Las cifras difundidas por Google fueron contundentes. Las búsquedas sobre las Islas Malvinas crecieron de manera exponencial y millones de personas comenzaron a preguntarse dónde estaban, cuál era su historia y por qué la Argentina sostiene desde hace casi dos siglos ese reclamo de soberanía. Ningún discurso diplomático había conseguido semejante nivel de visibilidad en tan pocas horas. Lo logró una bandera sostenida por un grupo de futbolistas frente a miles de millones de espectadores.
Cada uno podrá sacar sus propias conclusiones sobre aquella decisión. Lo que nadie podrá negar es que el mundo volvió a hablar de Malvinas. Y si este Mundial sirvió para que millones de personas conocieran una parte de nuestra historia que ignoraban, entonces quizá los argentinos también hayamos ganado algo que ninguna copa puede medir.
Mientras el planeta todavía comenta aquella final, Zárate también tuvo una noticia que invita a mirar hacia adelante. El primer parque solar comenzó a transformarse en una realidad. Más allá de la inversión y de los aspectos técnicos, lo verdaderamente importante es el mensaje: cuando el Municipio y la Cooperativa Eléctrica logran trabajar sobre objetivos comunes, quienes terminan ganando son los vecinos. Apostar por energía limpia y por un desarrollo sustentable es una decisión que merece celebrarse.
También por el mundial no hubo tiempo para una despedida. Hace unos días, falleció Edith Aiello, madre de Marita, una de las desaparecidas durante la última dictadura militar. Transformó el dolor más profundo que puede atravesar una madre en un acto de inmensa generosidad. Con el resarcimiento económico que recibió del Estado por la desaparición y el asesinato de su hija Marita decidió donar una vivienda para crear la Casa del Docente, convirtiendo la tragedia más íntima en una obra que, hasta el día de hoy, sigue sirviendo a toda la comunidad. Eligió que el dolor no terminara en el resentimiento, sino que se transformara en solidaridad. Esa decisión la retrata mucho mejor que cualquier homenaje. Desde EL DEBATE la recordamos con enorme afecto y respeto, convencidos de que hay personas cuya obra habla por ellas mucho después de su partida.
Esta semana también CERELIZA celebra setenta años de vida institucional. Nació para dar respuestas en uno de los momentos más difíciles por la Poliomielitis en la historia sanitaria de Zárate y, siete décadas después, continúa siendo un ejemplo de compromiso y vocación de servicio. Es la demostración de que las grandes instituciones nacen cuando alguien decide dejar de preguntarse quién debe resolver un problema y comienza, simplemente, a hacerlo.
Y en estos últimos días de vacaciones de invierno, deseo que cada familia encuentre tiempo para compartir con sus chicos en el receso escolar invernal. Los mejores recuerdos de la infancia casi nunca nacen de un regalo, sino del tiempo compartido y del amor recibido.
Y mientras termino de escribir estas líneas, vuelvo inevitablemente al comienzo de esta columna. Porque sigo convencido de que el domingo pasado no me equivoqué cuando escribí sobre Los Lioneles. Una semana después, con la tristeza lógica de una final perdida, esa convicción no solamente permanece intacta, sino que se fortaleció. Las copas cambian de dueño. Los récords algún día serán superados. Lo que permanece es el ejemplo.
Nos enseñaron que el liderazgo se construye con humildad; que un grupo vale más que la suma de sus individualidades; que representar una camiseta significa representar a un pueblo. Nos demostraron que el verdadero triunfo no siempre se mide por una copa levantada, sino por el legado que se deja cuando termina el partido.
Tal vez nunca sepamos toda la verdad sobre aquella final. Pero sí sabemos que hubo una Selección que volvió a poner a las Islas Malvinas en la conversación del mundo, que eligió abrazarse con su gente antes que mirar el festejo del rival y que sostuvo una conducta hasta el último segundo.
Hay victorias que llenan las vitrinas. Y hay derrotas que agrandan la historia. Esta Selección, aun sin levantar la Copa, consiguió lo segundo.
Porque, al fin y al cabo, también se gana cuando se pierde. Y porque, como escribíamos hace apenas una semana, hoy lo ratifico con la misma convicción: Los Lioneles no fueron los que mejor jugaron al fútbol. Fueron los que mejor jugaron en equipo.
Ojalá algún día entendamos que ese secreto no sirve solamente para ganar Mundiales. Sirve, sobre todo, inclusive para construir una sociedad mejor.
Que tengamos una bendecida semana.
AL QUE LE QUEPA EL SAYO…











