Un estudio pionero de la FAUBA realizó y comparó por tres años los balances de carbono de un campo agrícola y de un pastizal ganadero. Los cultivos se empobrecieron en este elemento y los pastizales se enriquecieron. Destacan la necesidad de multiplicar este tipo de trabajos.

Fotos: gentileza de Ulises Marconato, salvo indicación

¿Pueden las vacas ayudar a mitigar el cambio climático? La ganadería aparece a menudo en el banquillo de los acusados cuando se habla de emisiones de gases de efecto invernadero, responsables del calentamiento global. Vale la pena, sin embargo, rumiar un poco más la pregunta. Un estudio de la Facultad de Agronomía de la UBA (FAUBA) comparó cuánto carbono entró y cuánto salió de un campo agrícola y de un pastizal con ganado vacuno en la Región Pampeana. El resultado fue contundente: mientras que, en el balance, la rotación agrícola entera funcionó como emisora de carbono, el pastizal pastoreado fue destino de este elemento.

Los cultivos y los pastizales ganaderos son sistemas únicos porque pueden absorber y emitir carbono. Foto: B. de Campo

Los sectores de energía, industria y transporte sólo emiten carbono a la atmósfera, pero los sistemas agropecuarios además pueden capturarlo. En ese sentido son únicos, y por eso los manejos agronómicos resultan decisivos.

Entonces, si los cultivos hacen fotosíntesis y capturan carbono, ¿por qué la agricultura terminaría siendo una fuente neta y la ganadería —con sus vacas pastando y respirando— un destino de este elemento?

Ulises Marconato, docente de Ecología en la FAUBA, se planteó ese interrogante en su doctorado en la Escuela para Graduados de esa Facultad. Para abordarlo, instaló sensores de dióxido de carbono en dos campos de Carlos Casares, provincia de Buenos Aires. Uno, agrícola, con una rotación típica de tres años: maíz, trigo, soja de segunda y soja de primera. El otro, un pastizal manejado con pastoreo rotativo.

“Entre 2018 y 2021 hicimos una ‘contabilidad’ de carbono. Por primera vez para el Hemisferio Sur, determinamos cuánto entró y cuánto salió de los dos sistemas y realizamos los balances en cada caso”, explicó Marconato. Pero sus cuentas incluyeron algo que pocas veces aparece en este tipo de estudios: el carbono que sale del campo en los granos cosechados y en la carne producida. Ese dato impactó en el balance final.

El resultado principal del estudio es que en una rotación completa de tres años, una hectárea agrícola perdió casi 2 toneladas de carbono, mientras que una de pastizal pastoreado ganó cerca de 4 toneladas. “Una regla práctica, entonces, es pensar que en la Región Pampeana, una hectárea ganadera podría compensar las pérdidas de carbono de dos agrícolas”, planteó Ulises.

Marconato instaló dos torres con sensores de dióxido de carbono —provistas por el Instituto de Clima y Agua del INTA—, una en el campo agrícola y otra en el pastizal. «Brindan información muy precisa y de manera casi continua. Por eso se las usa en experimentos a largo plazo» (Marconato)

“Por un lado, la agricultura fijó más carbono que el pastizal, pero casi el 70% se fue con la cosecha. Si bien los cultivos absorben mucho carbono mientras crecen, cuando consideramos la rotación completa más la cosecha terminan siendo una fuente neta de este elemento”, señaló.

En particular, los barbechos —presentes el 40% del tiempo estudiado— fueron momentos de pura pérdida de carbono. “Son críticos para el balance porque no hay cultivos creciendo y los organismos del suelo siguen respirando carbono hacia la atmósfera. Por eso, implantar cultivos de cobertura en vez de realizar barbechos es una gran opción para fijar carbono en estos períodos”, afirmó el docente.

Durante los barbechos solo ocurren pérdidas de carbono de los sistemas agrícolas, dado que no hay cultivos creciendo que puedan fijarlo

“Por otro lado, el pastizal se comportó al revés. Aunque capturó menos carbono que el cultivo, el 96% de lo fijado quedó en las raíces, en el suelo y en los organismos del suelo. El 4% restante se fue del sistema como carne”, destacó Ulises.

Dentro de ese balance positivo, Marconato identificó períodos de pérdida neta cuando los animales respiraban y pastoreaban en el campo: “Aunque esta vía de salida de carbono terminó teniendo un peso notable, no ‘movió la aguja’ de lo acumulado en el resto del ciclo”. El trabajo está publicado en la revista científica Agriculture, Ecosystems & Environment.

Mirar el paisaje completo

Roberto Fernández, también docente de Ecología en la FAUBA y uno de los coautores del trabajo, sintetizó: “El mensaje principal de este trabajo es que hay que considerar el balance de carbono del paisaje entero y de la rotación completa, no de cada actividad por separado ni año por año. La mirada tiene que ser integradora”.

El planteo tiene una consecuencia concreta: invita a pensar en compensar las pérdidas de carbono en el espacio y no en el tiempo, combinando áreas agrícolas y ganaderas en el mismo paisaje.

La propuesta que surge del estudio es considerar el paisaje entero, conservando una proporción de superficie agrícola y ganadera que sea sustentable en términos de emisiones de carbono

“Espacio y tiempo no son equivalentes. Si llevamos años haciendo agricultura y queremos recuperar el carbono perdido haciendo ganadería, es probable que tome mucho tiempo, quizás varias décadas. Y en el sentido inverso, la bibliografía en el tema muestra que la transición de un pastizal pastoreado a agricultura tiene un costo importante en términos de carbono”, puntualizó.

La idea, entonces, no es reemplazar una actividad por otra, sino combinarlas como un mosaico en el paisaje teniendo en cuenta el resultado del balance de carbono de cada región. “Es un modelo muy novedoso que vale la pena poner a prueba”, remarcó Fernández, quien también es investigador del CONICET en el instituto IFEVA, en la FAUBA.

El sur, casi ausente en los mapas globales

Llegar a estos resultados no fue sencillo, sostuvo Marconato. En el Hemisferio Sur, los instrumentos capaces de medir estos balances son escasos. En este marco, se refirió a los sensores que usó. “Son esenciales en estudios detallados a largo plazo, pero también son caros y complejos de mantener. Por eso, la mayoría está concentrada en sitios del Hemisferio Norte. El sesgo es notable, muchos ecosistemas del hemisferio sur están ausentes o subrepresentados”.

Para Marconato, es clave que Sudamérica cuente con más torres de medición de carbono como las usadas en este estudio

La falta de datos locales no es trivial, ya que los modelos globales de balance de carbono se calibran con esa información. “Por ejemplo, yo corrí uno de esos modelos. Estaba calibrado para el hemisferio norte, y los balances para la Región Pampeana daban realmente mal. Nos faltan ‘puntos de anclaje’ para estas latitudes”, contó.

Como reflexión final, Ulises subrayó: “Me gustaría que hubiera una red de estos sensores en Sudamérica, como Fluxnet. El problema son los costos. Si se rompen, hay que mandarlos a arreglar afuera, con trámites engorrosos y largas esperas. Lamentablemente, se necesita dinero y personal capacitado, algo que en el contexto actual no tenemos ni parece probable que vayamos a tener en el corto plazo”.

Por: Pablo Roset (SLT-FAUBA)