Por Daniel Armando Vogel – Hola, buen día. Buen domingo para todos. El mundo vuelve a ofrecer una escena que creíamos lejana, pero que se impone con una crudeza cada vez más difícil de dimensionar. La guerra en Medio Oriente —aquella que algunos anticipaban breve— ya lleva más de un mes, acumulando destrucción, víctimas y desplazamientos masivos. Miles de personas cruzan fronteras dejando atrás su historia, su tierra, su vida.
Pero ya no se trata sólo de un conflicto territorial o geopolítico. Es una guerra atravesada por tecnología de precisión, drones, misiles, bombas de racimo y, al mismo tiempo, por consecuencias económicas que golpean a escala global: combustibles en alza, volatilidad en los mercados —incluso con caídas atípicas en activos de refugio como el oro— y una presión creciente sobre el acceso a alimentos en distintas regiones del planeta.
Y en ese escenario, la memoria argentina se activa inevitablemente.
Hace 44 años, el país era arrastrado a una guerra irracional. No por el reclamo —que sigue siendo legítimo e irrenunciable: las Islas Malvinas fueron, son y serán argentinas—, sino por la forma. Jóvenes enviados casi sin preparación ni recursos a enfrentar a una potencia mundial. 649 vidas que quedaron en el camino. Y una herida que aún no termina de cerrar. Aunque también es justo decirlo: aquella epopeya de los pibes de Malvinas ayudó a parir la democracia que hoy vivimos.
Por eso, en esta semana, el reconocimiento no puede ser simbólico. Tiene que ser real. Tiene que ser cercano. Tiene que ser un abrazo. Porque los excombatientes no son historia lejana: son parte de nuestra vida cotidiana, también en Zárate. Y ese abrazo, en tiempos de tanta deshumanización global, adquiere un valor aún más profundo.
Mientras tanto, en la Argentina, las discusiones públicas vuelven a mostrar una constante: la doble vara.
Las recientes polémicas en torno al vocero presidencial, Manuel Adorni, generaron cuestionamientos intensos sobre formas, contenidos y manejo de la comunicación oficial. Lo llamativo no es sólo el hecho en sí, sino la velocidad y el énfasis con el que se instala la crítica. Porque no hace tanto tiempo, situaciones de igual o mayor gravedad pasaban con un nivel de tolerancia que hoy parece impensable. Es malo y repudiable lo que ocurre hoy, sin dudas; pero también es cierto que, como decía mi abuelo, “el muerto se asusta del degollado”.
Y en ese juego de indignaciones selectivas, la sociedad vuelve a quedar en el medio. Observando. Comparando. Sacando conclusiones propias.
El fútbol, como tantas veces, aparece como espejo emocional. A poco más de 75 días del próximo Mundial, la Selección Argentina afronta este fin de semana dos amistosos que, en los papeles, parecían de bajo riesgo: primero frente a Mauritania y luego ante Zambia.
Pero el partido ante Mauritania dejó más dudas que certezas. Lejos de una diferencia lógica frente a un rival de menor jerarquía —donde el debate era por cuántos goles se ganaba—, el equipo apenas logró imponerse por la mínima, sin merecerlo y sin mostrar ni contundencia ni funcionamiento. Un resultado que obliga a replanteos si la intención es sostener el nivel competitivo que llevó a la cima del mundo. Ahora vendrá Zambia, otro rival menor, pero ya sin margen para repetir una actuación deslucida.
Y si bajamos aún más, si miramos lo propio, Zárate también tiene sus urgencias.
El presente de Defensores Unidos es preocupante. Seis partidos en la B Metro, apenas tres puntos y un nuevo cambio de conducción técnica —el cuarto en dos años— reflejan una inestabilidad que impacta directamente en lo deportivo. El equipo está en zona de descenso y el riesgo es concreto. Volver a caer, después de haber transitado recientemente categorías superiores, sería un golpe duro. Revertirlo exige decisiones firmes y un rumbo claro, que desde mañana lunes tendrá como desafío obtener, Gustavo Puebla, en su tercera campaña como director técnico del CADU.
En paralelo, se aproxima una de las fechas más significativas para el mundo cristiano. La Semana Santa no es sólo un tiempo litúrgico: es una invitación a detenerse, a reflexionar sobre el sacrificio del Salvador y el sentido profundo del amor.
Hablar de Jesús es hablar de entrega. De alguien que cargó una cruz por la humanidad y ofreció su vida por ella. Y en ese mensaje, que atraviesa siglos, también hay un espejo incómodo para el presente: el de las guerras absurdas, el de las decisiones que cuestan vidas, el de los pueblos que sufren las consecuencias de otros.
Por eso, entre la locura global y nuestras propias tensiones, tal vez sea momento de recuperar lo esencial: la fe, la memoria, el respeto, la coherencia… y el abrazo.
Ese abrazo que les debemos —y les damos— a quienes defendieron la patria en condiciones extremas. Ese abrazo que, en definitiva, también nos define como sociedad. ¿O no?
Que tengamos una bendecida semana.
AL QUE LE QUEPA EL SAYO…











