Por Daniel Armando Vogel – Hola, buen día. Buen domingo para todos. Fue una semana extraña, de esas que condensan las contradicciones de la humanidad.
Mientras el mundo observa con preocupación la escalada bélica en Medio Oriente, la misma potencia que protagoniza ese tablero volvió a captar la atención global con un hecho histórico: el relanzamiento del programa espacial tripulado hacia la Luna a través de ARTEMIS II. Más de medio siglo después, la misión despertó el interés de millones y recordó que podemos proyectarnos hacia el universo, aunque seguimos sin resolver conflictos básicos en la Tierra.
En Argentina, la memoria colectiva tuvo su propio anclaje: a 44 años de la Guerra de Malvinas, millones participaron de actos en todo el país. Allí no hubo grietas: Malvinas sigue siendo una causa común, un consenso sólido que trasciende gobiernos e ideologías. El homenaje a los 649 caídos y a los excombatientes volvió a interpelarnos desde la emoción y la responsabilidad de no olvidar.
Mientras en Zárate celebrábamos los 25 años de la Casa del Docente —símbolo del cuidado y la vocación de quienes dedicaron su vida a educar—, la ciudad reafirmaba su compromiso comunitario con la educación y la memoria de quienes marcaron generaciones. Ese gesto local, cargado de afecto y gratitud, contrastó con la violencia que golpeaba en San Cristóbal, Santa Fe.
Allí, un adolescente de 15 años tomó un arma y atentó contra sus propios compañeros, asesinando a un chico de 13 y dejando heridos. La herida más profunda, sin embargo, fue la psicológica: la que marca a toda una comunidad educativa y deja cicatrices difíciles de dimensionar.
La escena es tan dolorosa como reveladora: donde debería construirse futuro, irrumpió la violencia más extrema. Y entonces aparece la pregunta inevitable: ¿qué nos está pasando? La guerra, el odio y la pérdida de valores parecen formar parte de un mismo entramado. Un mundo que avanza en lo tecnológico, pero retrocede en lo humano. Que conquista el espacio, pero pierde el sentido.
En ese contexto, nos remite a uno de los momentos más profundos de la historia espiritual de la humanidad: el sacrificio en el Calvario y la resurrección, en este domingo de Pascuas.
Un mensaje que, más allá de la fe de cada uno, interpela directamente este tiempo. Porque frente a tanto ruido, tanta violencia y tanta desorientación, el problema ya no parece ser material ni estructural, sino esencialmente espiritual.
Hay un vacío que no se llena con desarrollo, ni con poder, ni con avances científicos. Un vacío que se traduce en soledad, en angustia, en pérdida de sentido.
Quizás ahí esté el verdadero desafío de este tiempo: volver a mirar hacia adentro, volver a la fe y mirarnos en el Creador, que tiene la respuesta y también la voluntad de salvar a la humanidad. Tal vez sólo allí podamos encontrarla.
Mientras el mundo se debate entre el progreso y la autodestrucción, la respuesta tal vez no esté en llegar más lejos, sino en volver a lo esencial. Volver a creer.
Que tengamos una semana bendecida.
AL QUE LE QUEPA EL SAYO…











