“La despreocupación es el peor de todos los males hacia nuestros semejantes, esa es la esencia de la inhumanidad reinante”.
Por Víctor CORCOBA HERRERO -El horizonte existencial requiere sentirse familia, al menos para hallarse humanitario y sustentar toda la gama de sus relaciones sociales, desde las más próximas a las más lejanas. Tanto es así que, cuando fallan esos vínculos naturales de entrega y generosidad, todo se deshumaniza con acciones inhumanas, porque no hay otro apoyo que el amor de amar amor. Bajo este cosmos, inmenso y diversificado, la humanidad se engrandece en la medida en la que los seres vivientes, acrecientan sus raíces en un tronco común, que es manantial de savia y cauce de realizaciones comunitarias. Realmente, nada somos por si mismos. De ahí, la importancia de entendernos y de atendernos, mediante idílicas pastorales que activen tanto el bien/ser como el bien/estar.
Ciertamente, una política sin su poética desinteresada llega a convertirse más pronto que tarde, en una acción bárbara. Desde luego, se precisa el ritmo de la lírica que todo lo transparenta y trasciende, con sus ojos de niño, entonando cosas humildes y atinando en la conjugación del querer, que todo lo versifica en espíritu donante. Es justamente este eco melódico, lo que nos impulsa como comunidad de personas unidas al corazón y no a la coraza, blindaje empedrado por el afán destructor del maligno. Lo sustancial, por ello, también radica en saber reconstruirse con la mano extendida siempre y la mirada en disposición de caricias, para poder curar las heridas. Únicamente, de este modo, los seres humanos son capaces de coexistir en unión y de cohabitar en comunión.
Son estas alianzas de auténtico apego benefactor, las que nos despliegan el nosotros, de modo siempre renovado. Nuestra época, a mi juicio más que ninguna otra, tiene necesidad de esa conjunción de pulsos, generados entorno al calor del hogar, si en verdad queremos humanizar los nuevos descubrimientos de la humanidad. En consecuencia, es vital que las familias, como miembros claves para el progreso social y económico, cuenten con un apoyo especial para el cuidado de los niños y un acceso verídico a todas las ayudas, al menos para fortalecer la resiliencia doméstica, reducir la pobreza y promover la igualdad de oportunidades. Al fin y al cabo, lo fundamental no está en mantenerse sino en conservarse humano, sin que nada nos resulte indiferente.
La despreocupación es el peor de todos los males hacia nuestros semejantes, esa es la esencia de la inhumanidad reinante. No olvidemos que muchos niños migrantes o hijos de progenitores separados, están cada vez más expuestos al abandono, al riesgo de ser explotados o reclutados por grupos armados y sometidos a estrés emocional. Indudablemente es en la genealogía, u obrando como parentela, donde se sitúa la perfecta sintonía con el compromiso en defensa de la escuela de las virtudes sociales, que son el principio activo de la existencia y del desarrollo. En efecto, a medida que las familias se debilitan, también lo hacen las estructuras sociales, ya que cada ciudadano, en su propio estado de vida, está llamado a mejorar las relaciones y el entorno en el que vive.
Nadie puede lavarse las manos ante nada, ni tampoco ante nadie, a la hora de escuchar el clamor de los vulnerables, además del lamento de la tierra, lo que nos debe llevar a proteger estilos de vida más cooperantes entre sí y armónicos, sabiendo que la concordia no se sustenta en la uniformidad, sino en forjar confianza mediante el diálogo, la inclusión y la reconciliación. Oigamos las diversas posiciones, pues todos moramos en este planeta como mortales, respirando el mismo aire y pensando en el futuro de los descendientes, lo que nos requiere a no desligarnos de los lazos. Por tanto, si ningún corazón es una isla, quitemos nuestra lunática cara oscura, y dejémonos ver como poesía, no como poder, que todo lo envenena de dominación. Pongámonos a servir, pues, como poetas en guardia.












