Por Claudio Valerio – Está la historia del hacendado que colocó una gran piedra en medio a la calle que pasaba por su hacienda.
Muchos murmuraron y se lamentaron de lo realizado por el hombre rico, que no se preocupaba por las personas que por allí pasaban. Sabemos que, por fin, un pobre hombre que llevaba sus verduras para vender en el mercado, arrastró la piedra para liberar el camino y, bajo ella, encontró una bolsa con una carta del hacendado, donando una de sus
haciendas a quienes retirase la piedra. Esa historia podría ser contada de varias maneras, y se podría cambiar el final, sea cual sea la historia, dando el premio para aquél que colocase la piedra.
Digamos que nuestra mayor dificultad está en perdonar un mal que nos hicieron en el pasado. ¡Vamos a colocar una piedra sobre el acontecimiento! Estamos muy tristes porque hemos no hemos sido preferidos en el trabajo, donde se eligió a otra persona, simplemente
porque era amiga del jefe. Vamos a colocar una piedra sobre la tristeza y seguir adelante, con la misma confianza de antes. Un gran amigo nos traicionó, dejando en nuestros corazones un sentimiento de odio que nunca se apaga. Vamos a colocar una piedra sobre todo resentimiento y empezar a amar aún más el nuestro prójimo.
Cuando colocamos una piedra sobre los problemas, no les vemos más.
Estamos libres para vivir, para cantar, para sonreír y ser felices. Cuando colocamos una piedra sobre nuestro fardo, nos libramos del peso, de las consecuencias del fardo, de la
angustia de haberlo guardado por mucho tiempo.
Lázaro fue liberado cuando quitaron la piedra del sepulcro… Nosotros podemos ser liberados al colocar la piedra sobre nuestras luchas y decepciones.
Pidamos a Dios sabiduría para saber cuando es hora de quitar la piedra y cuando es hora de colocarla… De manera especial, coloquemos una piedra sobre nuestra vida de errores y engaños. La piedra que impedía las alegrías será quitada y encontraremos la perfecta felicidad.






