Durante décadas, la respuesta al enmalezamiento fue química. Un estudio de la FAUBA revisó la evidencia global y halló que los cultivos de cobertura reducen más de un 80% las malezas y mejoran la fertilidad del suelo en casi un 50%.

La agricultura intensiva, basada en agroquímicos y fertilizantes sintéticos, tiene costos que las cuentas a corto plazo no reflejan: malezas que dejan de responder a los herbicidas y suelos que se degradan campaña a campaña. En ese contexto, los cultivos de cobertura emergen como alternativa, ya que se siembran entre campañas productivas para proteger el suelo y frenar las malezas. Un estudio de la Facultad de Agronomía de la UBA (FAUBA) sistematizó 55 estudios a escala global y reveló que estos cultivos reducen un 83% la biomasa de malezas y aumentan un 48% el carbono orgánico del suelo, en promedio.
La agricultura moderna hizo una apuesta clara: más insumos sintéticos, más rendimiento. El problema de esa lógica es que las malezas, después de muchos años de presión química, comienzan a resistir cada vez más los herbicidas, y los suelos se degradan.
Ante ese escenario, los cultivos de cobertura (CC) empezaron a aparecer en las charlas de tranquera como alternativa ‘potable’. La idea es sembrar un ‘tapiz verde’ —por lo general, una mezcla de gramíneas y leguminosas— entre campaña y campaña para frenar las malezas y proteger el suelo. La pregunta era inevitable: ¿funcionarán en todos los campos o son una apuesta a ciegas?

Para responder el interrogante, un estudio liderado por Cristian Malavert, docente de Cultivos Industriales (FAUBA), recopiló la información científica disponible sobre los impactos de los CC en los agrosistemas. “Evaluamos 55 trabajos publicados entre el 2000 —cuando aparecieron los primeros casos de resistencia a herbicidas en malezas— y el 2024. Abarcan las principales áreas agrícolas del mundo, incluyendo a la Argentina”, explicó Malavert.
Sus resultados no dejaron dudas. “Encontré que los cultivos de cobertura redujeron un 83% la biomasa de malezas. Esto se debe a que modifican el ambiente que las semillas de malezas necesitan para germinar. Por ejemplo, bloquean la luz y estabilizan las temperaturas del suelo. Con eso solo ya es suficiente para frenarlas; incluso, desde el primer año”.
“También hallé que esta práctica aumenta el carbono orgánico del suelo un 48%. Es un dato clave porque los suelos con más carbono resisten mejor la degradación, retienen más agua y son más fértiles. En este caso, los efectos se ven a partir del tercer año, y cuantas más campañas seguidas implantemos estos cultivos, mayor será el beneficio para los lotes”, resaltó Cristian, cuyo trabajo está publicado en la revista científica Weed Science.
Los números detrás del tapiz verde
Malavert sostuvo que incorporar CC en las rotaciones tiene costos y retornos medibles. “Como parte de mi investigación, determiné que el costo promedio global ronda los US$150 por hectárea, incluyendo las semillas, la siembra y la terminación del cultivo, ya sea química o mecánica”.
“Por otro lado, el productor ahorra unos US$90 por hectárea en herbicidas y fertilizantes, otros US$60 en aplicaciones y manejo de malezas, y US$25 por la mejora progresiva del suelo, todo en promedio. El balance neto indica que realizar estos cultivos deja márgenes positivos desde el principio”, puntualizó.

Pero advirtió que estos números varían según la región y el estado de los lotes. “Por ejemplo, en lotes enmalezados con especies muy resistentes a los herbicidas, los costos de control se disparan. Hay más aplicaciones, mezclas complejas de productos más caros… Ahí, implantar la cobertura se justifica todavía más: es más barato que seguir escalando en herbicidas”.
En cuanto a los suelos, los beneficios económicos recién se empiezan a ver a partir de los tres años. “Recuperar los niveles de carbono orgánico, la estructura y el buen funcionamiento requiere tiempo. Son procesos que dependen de que los hongos y las bacterias descompongan las hojas y raíces que aporta esta práctica”.

En la Argentina, los números varían pero la lógica se mantiene. Implantar CC cuesta de US$70 a US$180 por hectárea según la especie, el tipo de mezcla y si el productor dispone de maquinaria propia. “Sembrar centeno —una gramínea— sale entre US$70 y US$120 por hectárea; vicia —una leguminosa—, entre US$120 y US$180, y la mezcla de ambas es aun más cara”, detalló Malavert.
El dato interesante aparece del lado de los retornos. El docente aseguró que “la combinación centeno-vicia produce más biomasa, aporta más materia orgánica al suelo y fija nitrógeno atmosférico, lo que baja el uso de fertilizantes sintéticos. Los ingresos en este caso pueden superar los US$150 por hectárea y la práctica ‘se paga sola’”.
Más ecología, menos química
Los mensajes del trabajo de Malavert apuntan a algo más profundo que una nueva herramienta agronómica. “Las coberturas verdes cambian las reglas del juego ecológico: el sistema se vuelve mucho menos favorable para que las malezas expresen todo su potencial”, sintetizó.

Ese enfoque es, según el investigador, lo que hace tan valiosa a la estrategia: los productores empiezan a enfrentar los enmalezamientos desde una perspectiva integrada y con menos insumos químicos. “En la Argentina, muchos ya lo entienden así y pasaron a usar las coberturas verdes como herramientas estratégicas dentro del manejo integrado de malezas”.
¿Qué hace falta para que la tendencia se consolide y se expanda? “Tiene que darse una integración entre universidades, empresas, el INTA y asociaciones como AAPRESID, y hay que armar redes de experimentos que muestren resultados concretos en distintas zonas y sistemas productivos. Ya tenemos los números globales. Ahora hay que llevarlos al terreno, lote por lote, región por región”, cerró.
Por: Pablo Roset (SLT-FAUBA)











