Tras investigar durante 8 años en Estados Unidos, María Eugenia Dieterle regresó a Argentina para dirigir el nuevo Laboratorio de Virus Emergentes en la Fundación Instituto Leloir. Junto a su equipo, desarrolla herramientas de diagnóstico rápido y terapias para patógenos endémicos como el hantavirus, que encendió alarmas en las últimas semanas por el brote ocurrido en el crucero MV Hondius. En esta nota adelanta detalles de sus líneas de trabajo y advierte sobre el impacto del desfinanciamiento en el sistema científico nacional.

Créditos: Prensa Fundación Instituto Leloir

La vocación científica tiene sus propios laberintos. Cuando pisó por primera vez las aulas de la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales de la Universidad de Buenos Aires, el interés de María Eugenia Dieterle apuntaba a la ecología y las salidas de campo. Sin embargo, el contacto con la biología molecular torció el rumbo: reemplazó las botas de exploradora por las pipetas y se sumergió en el universo de los fagos para sus tesis de grado y doctorado. Ese fue el primer paso de un largo camino para la bióloga nacida en la localidad bonaerense de Sierras Bayas, un trayecto que la llevaría a combatir pandemias en el hemisferio norte y, finalmente, a volver a su país para enfrentar las amenazas locales.

Hoy doctora en Ciencias Biológicas, Dieterle es la flamante directora del nuevo Laboratorio de Virus Emergentes de la Fundación Instituto Leloir (FIL). Llegada de Estados Unidos, en donde investigó en el Albert Einstein College of Medicine de Nueva York, la científica pasó por un riguroso proceso de selección institucional para liderar su propio grupo. El foco principal estará puesto en los bunyavirus, el conjunto más grande de virus de ARN al que pertenece el hantavirus.

“Yo siempre quise volver y sabía que iba a trabajar con hantavirus, había una decisión bien marcada desde el principio”, destaca la investigadora, en diálogo con la Agencia CTyS-UNLaM. “En el caso de este virus no hay vacunas ni terapias y, si bien se encuentra en otros lados, las cepas de Europa y Asia no tienen esta tasa de letalidad tan alta como la nuestra” (ver recuadro).

Herramientas locales para llegar antes

Frente a una problemática de salud que impacta de lleno en el territorio argentino y que requiere soluciones urgentes, la experta enfatiza la necesidad de cimentar primero el conocimiento básico. Según su visión, resulta imposible desarrollar herramientas aplicadas eficaces si no se comprenden a fondo los mecanismos moleculares del patógeno y qué es exactamente lo que se busca inhibir.

Esa urgencia no es solo académica, sino profundamente social, como lo pudo comprobar la investigadora en su vuelta al país. “Cuando se anunció la apertura del laboratorio en redes sociales, aparecieron comentarios de personas contando historias de familiares que habían pasado por esta enfermedad.  Hay un pedido de soluciones detrás de historias de vida concretas”, reflexiona la investigadora.

Actualmente, el laboratorio avanza en proyectos de diagnóstico en colaboración con la doctora Daiana Capdevila, también del Leloir. “La idea es basarnos en tiras rápidas para que uno pueda detectar los anticuerpos de una forma veloz”- explicó Dieterle–. Buscamos garantizar el acceso a herramientas de diagnóstico en aquellos lugares remotos donde la logística es más compleja, permitiendo a su vez tomar decisiones epidemiológicas en tiempo real”.

A la par de estos test de seroprevalencia, el equipo también busca adelantarse a la respuesta inmune del paciente. “Apuntamos a desarrollar un diagnóstico para detectar directamente el antígeno, en este caso la nucleoproteína, de forma mucho más temprana. Si logramos hacer esto a bajos costos, ayudaría a tomar medidas clínicas anticipadas”, añade.

De la urgencia pandémica de ayer a las terapias disruptivas de hoy

El capítulo de Estados Unidos en la carrera de Dieterle había comenzado en 2018. Ese año, atraída por las investigaciones en virología molecular, se sumaba al laboratorio de Kartik Chandran, un destacado virólogo y profesor titular del Departamento de Microbiología e Inmunología en el Albert Einstein College of Medicine en Nueva York. Allí pudo estudiar cómo el hantavirus ingresa a las células. No obstante, la irrupción del SARS-CoV-2 obligó a recalcular los planes.

“Dejamos el laboratorio en pausa por un par de años y un grupo de nosotros trasladó los conocimientos que teníamos para otro virus a lo que era el COVID”, recuerda la bióloga sobre aquella vorágine. Ahí desarrollaron un ingenioso modelo para agilizar los estudios: tomaron el virus de la estomatitis vesicular, le quitaron su propia proteína de superficie y le colocaron la llamada “protein spike” del coronavirus.

“Era una herramienta que simplificaba mucho el trabajo porque podíamos trabajar en laboratorios con menores requisitos de bioseguridad y permitía hacer testeos de anticuerpos y antivirales de manera mucho más rápida”, detalla.

Toda esa adrenalina y el aprendizaje intensivo hoy nutren una de las líneas más innovadoras de su nuevo laboratorio porteño. “Tenemos datos preliminares que son muy alentadores sobre nuevos anticuerpos monoclonales que funcionan dentro de las células”, revela Dieterle, y aclara: “Llevará tiempo porque hay mucho trabajo de base para entender cómo es ese mecanismo molecular, pero la idea es responder esas preguntas acá”.

Capitalizar la experiencia y apostar por la ciencia

Para la flamante directora del laboratorio, la clave reside en escalar lo aprendido para aplicarlo a patologías regionales. “Se trata de aprovechar toda esa materia prima y el know-how que ya existe en instituciones como el Instituto Leloir y el Malbrán”, señala la experta.

Al reutilizar estas plataformas tecnológicas, el laboratorio no solo ahorra tiempos de desarrollo, sino que asegura que la inversión realizada durante la pandemia deje una huella permanente en la soberanía sanitaria del país, permitiendo una respuesta mucho más robusta frente a los virus que circulan habitualmente en nuestras provincias.

Por otra parte, la instalación de este moderno laboratorio fue posible gracias al financiamiento internacional del programa Pew, que aporta fondos específicos para la repatriación de científicos sumado al subsidio de movilidad de la ONG argentina Fundación Williams. Más allá de su caso en particular, la científica también alerta sobre el  dramático escenario que atraviesa la ciencia  nacional.

“Sin financiamiento, el sistema está prácticamente paralizado y, sin ciencia, me cuesta ver el futuro del país de acá a diez años”, alerta la especialista. Ante la falta de recursos, sostiene que la independencia tecnológica es innegociable: “Si dependemos de insumos que vengan de afuera pagamos otros valores, mientras que la capacidad y el conocimiento para desarrollar tecnologías existen acá”.

Más allá de los reactivos y la infraestructuras, la mayor preocupación de Dieterle reside en el capital humano y la falta de perspectivas para las nuevas generaciones de profesionales. “Queremos formar personas porque son la base de la ciencia, pero hoy resulta complejo encontrar jóvenes que quieran sumarse. El financiamiento es poco, las becas son escasas y a los investigadores les cuesta vivir con esos salarios tan escuetos, lo cual genera un desmantelamiento muy doloroso. Pese a todo, tenemos mucha energía para empezar y por eso voy a abrir un llamado pronto para sumar nuevos investigadores al equipo, porque seguir apostando es la única forma de defender el sistema”, concluye.

Magalí de Diego (Agencia CTyS-UNLaM)