Por Daniel Armando Vogel – Hola, buen día. Buen domingo para todos.

Mientras esta semana Donald Trump y Xi Jinping discutían petróleo, energía, equilibrio geopolítico y negocios en Pekín, en Argentina miles de personas marchaban para defender universidades públicas, pacientes reclamaban reconocimiento para enfermedades invisibles y organizaciones sociales comenzaban a prepararse para otro invierno con gente durmiendo en las calles.

El mundo parece avanzar cada vez más entre extremos. Entre guerras y acuerdos.

Entre discursos de estabilidad y tensiones permanentes. Entre poder y sensibilidad.

El histórico encuentro entre Trump y Xi volvió a mostrar a las grandes potencias intentando acomodar un tablero global cada vez más inestable. Hablaron de Irán, del estrecho de Ormuz, de energía, de petróleo y hasta de la necesidad de evitar una escalada nuclear en Medio Oriente. También dejaron en claro que, aun en medio de las disputas, los negocios siguen moviendo gran parte del mundo.

Veremos hacia dónde conduce este nuevo equilibrio internacional.

Mientras tanto, en Argentina, la realidad sigue transitando sus propias contradicciones.

El INDEC confirmó esta semana una desaceleración de la inflación. El índice de abril marcó 2,6% y las proyecciones privadas incluso hablan de números por debajo del 2% para mayo. Sin dudas, es un dato importante dentro de una economía que durante años convivió con niveles inflacionarios descontrolados.

Pero como suele ocurrir en la Argentina, los números y la sensación social no siempre viajan al mismo ritmo.

Porque mientras las estadísticas empiezan lentamente a ordenarse, buena parte de la sociedad todavía sigue sintiendo el peso de salarios deteriorados, consumo retraído y una vida cotidiana que continúa ajustándose todos los meses.

Y en medio de ese escenario apareció una imagen tan llamativa como simbólica.

Un Tesla Cybertruck valuado en más de 200 mil dólares estacionado durante horas en las cocheras del Congreso Nacional.

El vehículo pertenecía al diputado libertario jujeño Manuel Quintar y generó una fuerte polémica por la ostentación en tiempos donde el discurso oficial insiste casi diariamente con la austeridad, el ajuste y el sacrificio social.

A veces la política explica sola sus propias contradicciones.

Mientras millones de argentinos ajustan gastos para llegar a fin de mes, algunos sectores del poder parecen seguir moviéndose en una dimensión completamente distinta a la de la calle.

Y quizá por eso la masiva Marcha Federal Universitaria volvió a mostrar una señal que la dirigencia haría bien en no subestimar.

Miles de estudiantes, docentes y trabajadores defendiendo algo que la Argentina todavía conserva como patrimonio colectivo: la universidad pública.

Porque más allá de las diferencias ideológicas, hay temas que atraviesan generaciones enteras.

Como también ocurre con esas enfermedades invisibles que esta semana volvieron a buscar un lugar en la agenda pública.

El martes el Palacio Municipal de Zárate se iluminó por primera vez de violeta en el Día de la Fibromialgia y del Síndrome de Fatiga Crónica. Se habló del tema desde la Secretaría de Salud y también hubo expresiones legislativas en el HCD, mientras pacientes y familiares continúan reclamando por la Ley Nacional de Sensibilidad Central.

“Nuestras enfermedades son reales. Nuestro dolor también”, será nuevamente la consigna de la movilización prevista en el Congreso Nacional.

Y probablemente allí aparezca una de las palabras más necesarias de este tiempo: sensibilidad. Más sensibilidad para entender dolores ajenos.

Sensibilidad para comprender que no todo puede medirse únicamente en variables económicas.

Sensibilidad para mirar a quienes muchas veces quedan invisibilizados.

Porque mientras algunos discuten poder, otros siguen peleando cosas mucho más básicas.

Como atravesar el invierno.

En Zárate comenzó a reactivarse por estos días la campaña “Nadie durmiendo en las calles”, impulsada por la ONG Restaurando Vidas junto al acompañamiento municipal. Las temperaturas empiezan a bajar, las noches ya rozan un dígito y vuelve a aparecer una realidad incómoda que muchas veces la sociedad prefiere no mirar demasiado.

La pobreza no siempre hace ruido. A veces simplemente duerme tapada con cartones.

Y quizá por eso, en medio de tantas tensiones, discusiones y crisis permanentes, el fútbol siga funcionando como uno de los últimos refugios emocionales colectivos.

El próximo 27 de mayo volverá a jugarse el clásico entre CADU y Villa Dálmine después de casi quince años. Y aunque las tablas marquen diferencias futbolísticas, los clásicos nunca entienden demasiado de estadísticas.

Zárate y Campana ya empezaron a vivirlo con pasión y ¡cómo ayuda el triunfazo de ayer! Porque en el Gigante de Villa Fox saben que los clásicos no se juegan: se ganan.

Porque en tiempos de incertidumbre, enfrentamientos políticos y realidades difíciles, el fútbol todavía conserva algo que la política muchas veces perdió: la capacidad de emocionar, unir y hacer sentir parte de algo común.

Mientras arriba se discute poder, abajo todavía se pelea por sensibilidad.

Que tengamos una bendecida semana.

AL QUE LE QUEPA EL SAYO…