Por Daniel Armando Vogel – Hola, buen día. Buen domingo para todos.
El mundo vuelve a caminar sobre pólvora. Otra vez Medio Oriente se convirtió en una mecha encendida y otra vez las grandes potencias juegan ajedrez con la humanidad sentada arriba del tablero. Estados Unidos e Irán tensaron al máximo una relación que desde hace décadas parece condenada al conflicto eterno. Hubo ataques, amenazas, petróleo disparado, mercados en pánico y millones de personas mirando el cielo esperando que alguien apretara el botón equivocado. Ahora hablan de tregua, negociación y una paz que, como casi todas, parece prestada. Porque alrededor de la guerra siempre hay demasiados negocios.
Mientras tanto, desde Roma empiezan a soplar rumores que en Argentina despiertan ilusión, nostalgia y también heridas. Dicen que León XIV podría venir a Sudamérica. Uruguay, Perú y Argentina aparecen en carpeta. Y claro, inevitablemente vuelve la pregunta que durante años se hicieron millones de argentinos: ¿por qué Francisco nunca vino?
Ahí aparece esa mezcla rara de orgullo y desencanto que atraviesa al pueblo argentino. Tuvimos el primer Papa argentino de la historia, un hombre nacido en Flores que llegó a conducir la Iglesia Católica mundial, pero jamás pisó su tierra como pontífice. Y eso no se lo perdonaron muchos. Católicos, agnósticos, ateos, incluso personas alejadas completamente de la religión. Porque más allá de la fe, Francisco representaba una parte de la identidad nacional. Y la sensación fue siempre la misma: el hombre más importante nacido en esta tierra eligió no volver.
La comparación con Juan Pablo II surge sola. Wojtyła vino cuando el país estaba roto por la Guerra de Malvinas. Llegó en medio del dolor, del miedo y de la incertidumbre. Y antes había evitado algo todavía peor: una guerra con Chile. Hoy cuesta imaginarlo, pero Argentina y Chile estuvieron a horas de enfrentarse militarmente por el conflicto del Beagle. Y fue la mediación papal encabezada por el cardenal Samoré la que frenó aquella locura. Juan Pablo II entendió que un Papa también debía meterse en la historia de los pueblos cuando la sangre estaba por derramarse.
Y mientras el planeta discute guerras y religiones, Bolivia vuelve a entrar en zona de peligro. Crisis económica, protestas, bronca social y rumores de desestabilización. Latinoamérica tiene esa costumbre dolorosa de repetir sus tragedias cada ciertos años. Cambian los nombres, cambian los discursos, pero la pobreza, la inflación y el desencanto siguen siendo el combustible perfecto para incendiar gobiernos.
Aunque no todo es angustia en este continente convulsionado. En Canadá, un pibe argentino, criado automovilísticamente en un karting en Zárate, vuelve a hacer ruido con un motor. Franco Colapinto sigue demostrando que el talento argentino todavía puede competir de igual a igual con el mundo. En un país que vive peleándose consigo mismo, encontrar una bandera que entusiasme no es poca cosa. El automovilismo vuelve a darnos una esperanza de esas que aceleran el corazón.
Y ya que estamos en Norteamérica, falta apenas un puñado de días para que ruja el Mundial. El norte del continente se prepara para recibir al planeta entero mientras el fútbol vuelve a demostrar que puede unir lo que la política divide. Aunque también es cierto que detrás de cada Copa del Mundo hay millones, negocios gigantescos y una maquinaria geopolítica mucho más poderosa de lo que parece cuando rueda una pelota.
Pero para los argentinos habrá además un componente emocional imposible de separar: probablemente sea el último Mundial de Lionel Messi, el capitán que condujo a la Selección a la gloria eterna en Qatar 2022 y que ahora intentará, junto a aquella generación inolvidable, defender la copa más deseada del planeta. Porque cada Mundial tiene sus candidatos, sus negocios y sus intereses. Pero también tiene historias. Y la de Messi ya dejó de ser solamente una epopeya futbolística para transformarse en una bandera emocional argentina… y global.
Pero antes de que llegue el Mundial, hoy Córdoba tendrá su propia final. River Plate y Belgrano volverán a cruzarse en un partido cargado de pasión, tribunas hirviendo y clima de definición. Porque el fútbol argentino podrá vivir en crisis permanente, pero jamás pierde intensidad.
Y acá, en nuestra región, el miércoles no será un día más. Después de 14 años vuelve el clásico entre CADU y Villa Dálmine. Y eso no necesita demasiadas explicaciones. Porque los clásicos no se juegan: se sienten. Se heredan. Se sufren. Se discuten en la mesa familiar, en el café, en el trabajo y en cada esquina. Pero, por sobre todo, se ganan, como sea, se ganan.
Villa Fox volverá a latir como hace mucho no latía. Y por unas horas, Zárate se detendrá para mirar un partido que es mucho más que fútbol. Porque en tiempos donde el mundo parece romperse todos los días, todavía hay cosas capaces de unirnos en una emoción compartida.
Aunque sea apenas durante noventa minutos, por esos instantes en paz y con gloria, Zárate se detendrá.
Que tengamos una bendecida semana.
AL QUE LE QUEPA EL SAYO…











